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FanFic Dentro del Laberinto. Capítulo 5

5. SÁBANAS DE SEDA


–¿Cuánto tiempo más vas a evitarme? –Nadie respondió al otro lado de la puerta. Jareth golpeteó la madera con fingida distracción.

Tres noches con sus respectivos días sin salir del dormitorio, eran tiempo más que suficiente para que se repusiera de la impresión. Con más motivo, si ordenó que dejaran de llevarle la comida, motivándole a volver.

–Sara, abre la puerta –ordenó del modo más amable que tenía preparado. –No voy a hacerte daño. Abre… –repitió.

Tras un nuevo e irrespetuoso silencio, comenzó a golpearla con furia.

–¡Sarah! ¡Abre la puerta de una maldita vez! –continuaba sin obtener contestación mientras, enervado, se ensañaba a puñetazo limpio con la madera –. No te voy a hacer daño, abre por favor… –Agotado por la constante lucha, por el esfuerzo que Sarah le exigía en cualquier situación, dejó descansar su frente en la puerta aguardando casi doblegado, olvidando de nuevo al rey en un diminuto rincón de su consciencia, por ella, que permanecía en su silencio irreverente.

–Está bien –susurró apretando los dientes –, tú lo has querido.

Sólo hicieron falta un par de empujones para que cediera. Una horda de goblins se arremolinó en torno a Jareth, temiendo momentos antes por la personalidad cambiante del rey, ofrecer su ayuda para el derribo.

–¡Sacas lo peor de mí! –exclamó entrando en la habitación encolerizado, mirando a ambos lados para localizarla.

Todo estaba en calma. Todo estaba limpio. Todo en perfecto orden… salvo la cama deshecha. Jareth, incrédulo, se acercó al lecho y se detuvo a observar las sábanas, queriendo percibirla entre los pliegues de sedas y plumas. Movió la ropa atrás de un tirón encontrando sólo las plumas; las sábanas de seda habían desaparecido.

–¡Maldita sea! –su grito paseó por las paredes del castillo – ¡Encontradla y traédmela ahora mismo! –aulló fuera de sí.

La horda de goblins se movió como si se tratara de un solo cuerpo, desapareciendo al instante. Jareth rasgó el edredón encolerizado, rociando la inmaculada habitación de plumas. Se detuvo a mirar la ventana, que continuaba abierta. Entonces se percató del pedazo de seda que se movía ondeando al compás de la brisa. Sus pasos resonaron en la habitación mientras, con gélida expresión, repasaba el plan que Sarah había urdido para escapar. La sábana todavía estaba enganchada en la gárgola endeble que, vista desde la fachada, jugaba a ser guardián del ventanal. Siguió el camino de tejido volante hasta el suelo, donde se encontró con el otro extremo, junto al cuerpo yaciente de la chica.

Extendió la capa de cuero, que se convirtió casi al instante, en dos alas oscuras. Acto seguido se lanzó al vacío para encontrarse con ella.

–¿Sarah? –sus manos temblaban poseídas por una danza macabra que, lívido, intentaba controlar – Sarah… –adelantó una deseando tocarla, pero no lo hizo, temiendo encontrarla tan fría como la muerte.

Los ojos se le humedecieron mientras, tomando conciencia de la realidad, se acercó el puño a la boca para destrozarlo de un bocado. La princesa de su cuento no se movía. Columpiándose entre sedas, había dejado a la historia huérfana y completamente falta de sentido.

Se tendió junto a ella. Ambas cabezas próximas para que sus lágrimas reales, fueran la ofrenda más sincera de arrepentimiento y luto.

–No puedo creerlo… –gimió contrayéndose junto al cuerpo inmóvil.

Un leve gemido se escapó de los labios amoratados de la chica. Jareth incorporándose con rapidez, se puso sobre ella sin llegar a tocarla, acercándole la mejilla a la boca. Como una bendición, sintió su respiración entrecortada.

Trató de levantarla con tanta delicadeza como la empleada para recoger a un pajarillo herido. Cuando la tuvo sujeta alzó el vuelo llevándola directamente a su dormitorio donde, bajo el imperativo de la vida, ordenó a los centinelas que llamaran al curandero, al sanador y a todos cuantos pudieran traerle de vuelta a la princesa del cuento.


Tres noches con sus correspondientes días transcurrieron en completo silencio. La habitación de Jareth se había convertido en un santuario, donde el cuerpo de Sarah era velado por el incombustible rey. Todo ése ala del castillo estaba completamente cerrada, aislada a cuanto pudiera enturbiar la recuperación de Sarah. No consintió que nadie se aproximara a ella, después de que los goblins con conocimientos médicos la hubieron examinado, cerciorando que estaba viva y, por increíble que pareciera, no se había roto ningún hueso. Cuando Jareth cayó en la cuenta de qué provocó su accidente, comenzaron a desfilar por su cabeza las más cruentas maldiciones. Tras estar preparada para efectuar la fuga, después de invertir sus últimos esfuerzos en deslizarse por las sábanas, sencillamente, no pudo huir. Casi la había matado de hambre y sed, y aquello era algo que no le permitía descansar. Pensar que no quería marcharse por miedo, sino sencillamente por sobrevivir, hacía que su ansiedad creciera a cada momento, a cada instante que sus ojos se encontraban con el cuerpo inconsciente, inmerso en un profundo sueño sobre su cama.

Cuando lograba dejar esos pensamientos de lado, se encontraba recorriéndola sin tocarla, todavía con el hermoso vestido que había llevado al juicio. Detenía las manos en su cara y pechos, que se dibujaban firmes y latentes bajo la prenda. Se imaginaba a su lado, tendido en el lecho tras haberla hecho gemir profundamente hasta el amanecer, pero entonces, atormentado por la lascivia, se alejaba de ella y caminaba en círculos sin quitarle los ojos de encima. Los sentimientos se encontraban en la alcoba como vientos huracanados, levantando tempestades en lo más profundo de Jareth, mientras la princesa, permanecía secuestrada por el sueño.

Un leve movimiento de cabeza hizo que Jareth volviera junto a ella de una zancada. Seguido vino otro, también leve, de su mano. Tras él, las cejas de Sarah se fruncieron. Separó los labios dejando escapar una exhalación mientras, con lentitud, se llevaba una mano a la cabeza.

–¡Sarah! –Jareth estaba a su lado –. Despierta, abre los ojos.

–¿Qué… qué ha pasado? –preguntó tratando de separar los párpados, que querían liberar unos ojos deslumbrados por la tenue luz que vencía a las cortinas.

–¿Estás bien? –Jareth se sintió renacer al ver que se movía de nuevo, escuchando su voz tras tantos días de silencio.

–¿Dónde estoy?

–En mi dormitorio, en el castillo. Estás a salvo.

–¿En el castillo? –preguntó ella despegando con esfuerzo uno de sus párpados.

La primera imagen que se grabó en sus retinas, fue la del rey casi tendido por completo sobre ella, luciendo una sonrisa que no era dulce. No denotaba alegría, rabia o simpatía, Jareth siempre sonreía de modo tétrico.

Sarah recordó vagamente qué intentaba hacer antes de que todo se volviera oscuro, y al verse en el lecho, tembló de modo imperceptible a todos ojos, salvo a los de Jareth.

–¿Qué ocurre? –preguntó él con un tizne de angustia en la voz.

Temiendo dar una contestación desafortunada, Sarah decidió olvidar su intento de fuga con la firme idea de no desaparecer envuelta en humo, como el goblin que los interrumpió en la sala.

–Es el vestido –dijo con la lengua más ágil que el resto de su cuerpo–.Tengo frío.

Jareth extendió la mano en dirección a una zona del dormitorio, con el suficiente espacio como para materializar una bañera donde, como barcos errantes, navegaban pétalos blancos. El aroma del aceite caliente que flotaba en el agua, llegó hasta ellos con una invitación.

–Pronto entrarás en calor –dijo él tendiéndole los dedos helados para que se sujetara al levantarse, mientras el mundo se movía alrededor.

–Sí.

Tomándole la mano, llegaron a la bañera que supuraba aroma a lavanda y flor de lys. Jareth la sujetó de la cintura volviéndole despacio, para dejar a sus dedos obrar en los botones del vestido. Con suma precisión descubría poco a poco, sin prisa, una piel pálida que, al tiempo que se encendían las mejillas de Sarah, se encontraba con las manos del rey.

Maripa


Esto que le ha pasado a Sarah viene siendo una ostia fina del copón en diez. Os diré una cosa para recordar cuando tengáis estas dos opciones:

1. Poneros un pijama de lana y dormir anchamente en un pasto florido con las paticas parriba, notando el aroma primaveral.

2. Poneros una sábanas sedosas en la cama y además, recordar que tenéis un pijama/camisón también muy sedoso y majo en el armario. Por ende decidir hipsofact@s hacer un maxi combo y dormir tod@s rodead@s de seda.

PASTO!!!! SIEMPREEEE!!!!!

Aguaplanning he hecho esta noche en la cama, cago en el copón!! Me he despertado con las uñas clavadas en la sábana bajera intentando no caerme por una esquina.

LA SEDA ES MOLONA, PERO SU TACTO BUENRROLLISTA, NO QUITA QUE SEA POSEEDORA DE UN MALIGNO AURA DE RESBALACIÓN HORIZONTAL QUE TE CAGAS!!!!!

Así no se puede... Así NO-SE-PUEDE!!!

xD


FanFic Dentro del Laberinto. Capítulo 4


4. EL JUICIO


El sonido que hacían sus pisadas parecía precederle en el pasillo. El goblin que le guiaba, sin embargo, no levantaba el menor rumor. El interminable corredor llevaba tiempo anunciando una tenue luz que jugaba a no dejarse alcanzar, mientras las paredes se hacían más y más oscuras al avance.
De la claridad llegó el ruido propio de toneladas de cristal alcanzando el suelo, bajo el vigoroso empuje de la gravedad. Acto seguido, una diminuta figura pasó corriendo a su lado, a toda velocidad, levantándole al hacerlo el vaporoso vestido níveo, escotado lejos de la prudencia y el recato. Tembloroso, el guía echó una ojeada atrás, antes de acercarse a la luz que presagiaba a un rey tanto o más furioso de lo habitual.
–Muy puntual –señaló Jareth desde el trono.
La espaciosa habitación estaba íntegramente tallada en piedra. El asiento donde aguardaba, había sido integrado en la pared con suma habilidad, tanta que Sarah creyó ver restos de magia alzándose al techo de la estancia. Del mismo modo, otro pequeño trono se erguía solitario a la derecha del rey, donde reposaba una mano cómodamente, expectante.
–Aproxímate –dijo dándole un par de palmaditas a la piedra.
Sarah anduvo despacio, levantándose con decoro el vestido para esquivar los pedazos rotos de lo que fueron sueños, y alcanzar las pronunciadas cumbres en que se transformaban las escaleras cuando las subía con sus zapatos de cristal.
–Vas a sentarte conmigo –anunció el rey invitándole a tomar posesión del pequeño trono a su diestra.
–¿Para qué? –Sarah deseó que aquello acabara en ese instante, fuera lo que fuese cuanto viniera a continuación.
–No seas impaciente, querida –desde su posición, pudo ver el perfil sonriente del rey, al tiempo que le subía un escalofrío por la espalda.
Del pasillo llegaron unos gemidos seguidos por pasos de armadura. Apareció por la boca del túnel un gigantesco ser muy parecido a Ludo, custodiado por los guardias que, como cuando encontró a su amigo, portaban lanzas con engendros dentados cargando imparables contra él.
–Llevas un precioso vestido –susurró Jareth sin apartar la vista del ser.
Sarah se cubrió el pecho con el cabello, ruborizándose cabizbaja.
–No hice naaada –bramó dando un salto, esquivando una de las lanzas que le iba a encontrar la pierna.
–Eso no es lo que me han dicho –repuso Jareth acomodándose en el trono.
–Naaaada –insistió con gesto dolorido.
–Llamó a las piedras para derribar una de mis estatuas, pese a saber muy bien que ese es un delito imperdonable. Dime Sarah ¿qué castigo le impondrías?
–¡Ninguno! ¿Esa es su falta, derribar una estatua? –Sarah boquiabierta miraba a uno y a otro.
–¿Esa es su falta? ¿Derribar una estatua? –La imitó Jareth– ¡Sí! ¡Una de Mis estatuas! ¡Una estatua del rey! ¿No lo ves motivo suficiente? –dijo arrastrando un tizne de desprecio.
–¡No le castigaré por eso!
–Oh, sí que lo harás, y su castigo será ejemplar, para que todos los que se planteen repetir ese despreciable acto lo piensen primero… ¿Cómo le domarás, querida? ¿Será ahogado en el pantano del hedor? ¿O quizá mejor lo llevaremos a un olvidadero?
–No le harás nada de eso.
–Tú decides, o castigas a eso –señaló al condenado con el mentón–, o yo castigaré a toda su especie.
Sarah pensó en Ludo, su gran y peludo amigo, pagando cruelmente por una falta que no cometiera, siendo perseguido por innumerables lanzas dentadas, huyendo, sangrando…
–Déjalo en el pantano del hedor –propuso ella con rapidez–, y que él encuentre el camino de vuelta.
–Pero eso es… –Jareth, hastiado, se hundió en el trono.
–Es perfecto –susurró ella volviéndose al rey–, si cae en el pantano estará condenado, y si no lo hace regresará al castillo con la lección aprendida.
Jareth meditó cubriendo su boca con la mano mientras observaba al culpable.
–Que así sea –declaró tras un breve silencio.
Desaparecieron por el pasillo. Sarah vio cómo el preso le miraba agradecido, sin percatarse de que Jareth también lo hacía.
–¿Qué ha pasado con Ludo y Hoggle? –preguntó temiendo la respuesta.
–Respiran.
–¿Están bien?
–Sí por el momento; siempre y cuando seas una chica lista. Imagino que querrás verlos…
–Sí –contestó ella volviéndose nuevamente en el trono, sonriendo por primera vez desde que llegó al castillo.
Alargó una mano hasta rozar la boca de la chica que se puso rígida al frío tacto del rey.
–Bésame y cumpliré con tu deseo.
Sintió el rubor encendiéndole las mejillas cuando sus ojos se clavaron en ella. Jareth se puso en pié y tomándole la mano, le invitó a seguirle. El corazón de Sarah palpitaba con fuerza, sintiendo las piernas temblar, sometidas a la influencia de los deseos azulados y ambarinos del rey, que vigilaban su boca.
Jareth la atrajo hacia sí tomándole con determinación la cintura, recorriendo cada centímetro que les separaba con avidez. El cuerpo de Sarah dejó de responder; notaba su proximidad tanto como lo había hecho en sueños. Ladeó la cabeza cerrando los ojos, a la espera de los labios finos que se anunciaban como veneno navegando en su boca.
La mano del rey se deslizó hasta su nuca sujetándola firme, dispuesto a tomar aquello por lo que había vuelto al mundo del revés, mientras su aroma se le hundía en el pecho como una exquisita maldición.
–Hazlo –ordenó sin dejar de acercarla a su cuerpo, hambriento –, hazlo…
La chica tembló al saberlo cerca, bañándose en su aliento.
Sólo hizo falta una leve inclinación. Un pequeño movimiento para que sus labios se encontraran vivamente; para que la mano de Jareth viajara hasta la mejilla de Sarah, instándola así a no separarse de él, mientras sendas lenguas buscaban cobijo en el otro.
–¡Mi señor, ya los tenemos a todos reunidos en…!
El goblin irrumpió en la sala poniendo fin al beso que, como una melodía maldita, resonaba en cada pared del castillo. Jareth, que había separado los labios de Sarah pero continuaba reteniéndola a su lado, dirigió una mano al goblin que desapareció en un instante, dejando tras de sí un leve rastro de humo y cuero chamuscado.
Cuando volvió a mirarla sólo encontró miedo. Ella, horrorizada, trató de zafarse de la mano que la retuvo sólo un instante más.
–Muy bien Sarah –dijo acercándosele con expresión fiera–, ahora cumpliré tu deseo: ya puedes irte de esta sala.
–¿Cómo? –preguntó incrédula.
–Antes deseaste no estar aquí, no querías sentarte a mi lado. Pues bien, por hoy, ha acabado.
Consiguió liberarse y bajó corriendo las escaleras, escapando al trote por el pasillo. Sintió su corazón a punto de desbocarse, latiendo con tanta fuerza que le retumbaba en los oídos. Llegó al dormitorio y cerró la puerta intentando recobrar la respiración.
No pudo hablar, no pudo gritar, no pudo más que descubrirse aterrada por la maldad de Jareth, mientras la imagen que le devolvía el espejo, se acariciaba los labios, ruborizada.
Maripa


No, la wonderfull foto no es cosa de ovejas, apareció una buena noche navegando y desde aquí aplausos grandes y gordos a la artista.
A las buenas noches, corder@s!! Espero que disfrutéis anchamente xD


FanFic Dentro del Laberinto. Capítulo 3


3.Opciones

El rey de los goblins estaba oculto en lo más profundo de su dormitorio. Sedas blancas que parecían adquirir vida con la cercanía de Jareth, colgaban en las paredes, dotando a la habitación del aspecto propio de una lechuza. Habían transcurrido trece horas desde que compartían techo, y en ellas sólo estuvieron juntos una: el tiempo que duró el desafortunado encuentro en la cena.
Era testaruda, demasiado. Tuvo que haberse percatado de hasta qué punto cuando logró atravesar el laberinto. Sólo pensarlo le enfurecía. ¿Acaso su única motivación fue recuperar al mocoso? Parecía otra cuando la recordaba en el parque y en casa, llamándole con el libro en la mano, o cuando la miraba desde los árboles y le escuchaba rogar que apareciera; en todas esas noches que pronunciaba su nombre en sueños, y él abandonaba su reino para ser el guardián de sus delirios; entregado esclavo de sus deseos. Esa noche hizo que las estrellas brillaran diamantinas mientras ella lloraba en el jardín, y ni eso le había agradecido. Los goblins encargados de guardarla, confesaron que durante su ausencia no dijo una palabra, pero le notaron cierto pesar, sin duda estaba arrepentida por la grave ofensa que le había hecho a su majestad. Sin embargo cuando regresó al castillo, no se dignó a levantar la vista al balcón, donde él aguardaba.
Desde que la vio por primera vez, Sarah se convirtió en el mundo que deseaba poseer. No supo entonces que se trataba de un mundo testarudo y hostil, plagado de furiosas miradas y crueles gestos. Curtido en incomprensión y deseo, que llevaba de la mano la belleza más feroz vista jamás. Sarah le visitó en un sueño y él se volvió loco tratando de encontrarla. Cuando lo hizo, ella le reclamó cada tarde hasta que sin darse cuenta, se encontró preso en la red que Sarah se negaba a recoger. Jareth había acudido fiel a sus llamadas, manifestándose soberbio en su reclamo, dejándose moldear a voluntad, anhelando ser el protagonista de sus vigilias, siempre alejado, siempre acechante. Porque, pese a sus deseos, no podía vivir dentro de ella.
Pero ella no tenía ni idea de quién era Jareth en realidad. Si su deseo persistía, si era así como quería que las cosas funcionaran, de nuevo saldría vencedora. Le concedería el placer de conocer al rey de los goblins de cerca, en todo su malévolo esplendor.
Salió del dormitorio al pasillo, con el porte que sólo los reyes poseían. A cada paso, los goblins que iba encontrando escapaban horrorizados al percibir el brillo lacerante de su ojo azul, signo inequívoco de mal augurio para todo aquel que osara encontrarse con su mirada. Llegó a la habitación dispuesta para ella con una complaciente sensación de cosquilleo. La escuchó dentro; la supuso triste, nerviosa, casi a su merced.
El guardián apostado en la puerta se esfumó antes de que Jareth diera un chasquido con sus dedos enguantados. Al instante se abrió con gran estruendo. Sarah, que estaba sentada en el tocador cepillando su cabello, se incorporó y retrocedió sin darle la espalda a Jareth. Sus pies chocaron con la pared de la habitación de plata, donde una gran ventana con vistas al laberinto se alzaba espléndida.
–¿Cómo fue el paseo? –preguntó Jareth sonriéndole. Sarah sintió miedo al ver sus dientes asomar entre los labios finos que, más de una vez, soñó fueran reales–. Oh, de modo que no tienes ganas de hablar… No hay problema, hablaré yo –sonrió de nuevo erizando el vello de la chica que permanecía rígida junto a la ventana, siguiendo cada uno de sus movimientos–. Llevas todo el día encerrada en esta habitación sin hacer absolutamente nada –aguardó su réplica, pero al no encontrarla prosiguió–. Se me ocurren varias labores a encomendarte, a cuál más encantadora…
–¿Tan encantadoras como el laberinto? –preguntó ella temiendo la respuesta del rey.
–Vaya, querida –repuso Jareth acercándose al tocador, pasando los dedos por el cepillo de cristal que había mandado fabricar para ella–, te ha vuelto el habla, y además has acertado… Sé que mi laberinto te encantó.
–Fue pan comido– se envalentonó ella.
–Oh, sí, te recuerdo descansando en cada giro –dijo el rey con sorna–. Tienes razón, probablemente fue demasiado sencillo ¿verdad? pero la buena noticia es que este nuevo desafío no lo será. De modo que tienes dos opciones –se le acercó con manifiesta lentitud, disfrutando con cada uno de los temblores que le subieron por la espalda, con cada rápido pestañeo de sus ojos verdes, con el perfume que emanaba su agitada respiración–, puedes aceptar mi nuevo reto, o empezar a obedecer mis órdenes.
–¿Qué diferencia hay entre las dos opciones?
Jareth rió con ganas al ver su gesto de preocupación. Jamás volvería a mostrarse indulgente con ella, jamás volvería a aprovecharse de su misericordia. Si quería verlo como a un monstruo, se convertiría en un monstruo.
–Una te augura momentos donde, a cada segundo –se aproximó a la ventana deslumbrando a la chica con el brillo de su ojo azul–, desearás haber recordado las palabras. –Tomó un mechón de su cabello mientras ella continuaba rígida–. La otra, en cambio, promete brindarte cuanto, a mi entender, debes aprender para ser digna de mi generosidad… ¿Qué eliges, Sarah?
–Esto no es justo –replicó ella alejándose prudentemente, liberando el mechón de los dedos encuerados de Jareth.
–Decide. Mi paciencia se agota –. Con el puño cerrado, clavó los ojos en la espalda de la chica que se había retirado al centro de la enorme habitación creada para ella.
Sarah dudó. Si cedía, si obedecía sus órdenes, no podría buscar al Hoggel ni a Ludo. Jamás encontraría a su hermano, ni la salida del laberinto.
–Prefiero entrar en cien laberintos antes que cumplir con tus deseos...
–¿Estás segura? –preguntó Jareth sacando con parsimonia la chorrera, que se había quedado doblada dentro de la manga.
–Sí –dudó Sarah.
–¿Por qué has supuesto que la primera opción implicaba volver al laberinto? Has vuelto a equivocarte. –Riendo, Jareth caminó hacia la puerta mientras Sarah, siguiéndole a pocos metros, protestaba a voz en grito.
–¡Esto no es justo!
El rey de los goblins se volvió ya en el pasillo, con su ojo azul más brillante que nunca.
–¿Sabes? Me encantaría saber de dónde has sacado tu idea de la justicia... Te haré llamar en un rato, más te vale estar lista.

Maripa

Y de fondo musiquita inspiradora, algo como Hysteria, de Muse. Veeeeeeeenga otra noche Vigiliando, como si no costara xD
Espero que os mole, salaos.
Feliz finde!

FanFic Dentro del Laberinto. Capítulo 2



2. LA CENA

–¿Dónde está mi hermano?
–¿Por qué piensas que responderé a tus preguntas?–quiso saber Jareth acomodándose parsimonioso los guantes al otro lado de la mesa. El banquete aguardaba todavía intacto. –¿No tienes hambre?
Sarah sostuvo su mirada, desafiante. No pensaba probar bocado por mucho que su estómago se quejara al tener delante aquellas delicias.
–Es una pena–. Convino el rey antes de mover la mano de la fusta, con desdén, indicando a los goblins que podían retirar la cena. Una horda de seres apareció, dejando la mesa vacía en un pestañeo, mientras otros acercaron con una botella y copas.
–¿Para qué lo quieres? ¿Qué vas a hacerle?
–Sarah, Sarah, Sarah… Nunca aprenderás. ¿Realmente quieres saber qué será de tu hermanito?– el rey de los goblins dio un fuerte golpe en la mesa con la fusta, haciendo que la chica diera un brinco en la silla, y una de las copas estallara en pedazos–. ¡Dímelo! ¡Di que te hará feliz saberlo y te lo contaré! –bramó encolerizado.
–¡Deja que se vaya!–exigió ella sintiendo un nudo en la garganta.
–En realidad, no quieres saber qué he hecho con él ¿verdad? Te dolería demasiado. Pues bien, no te lo contaré… Olvídate del niño. Si lo deseas, será como si nunca hubiese existido –dijo poniéndose en pie mientras hablaba, dirigiéndose al extremo de la mesa donde ella permanecía rígida, sosteniéndole la mirada.
–No tienes por qué hacerlo. Es un bebé, no te serviría de…
–Ya basta, Sarah –Jareth se detuvo a sólo unos pasos. Era tan bella, tan malignamente bella… –No volverás a hablar de él. Tu hermanito ya es uno de mis goblins. No hay vuelta atrás –recibió su sollozo como si de una bendición se tratara–. Jamás le reconocerías, así que olvídalo. Pero alégrate, piensa en todo cuanto te aguarda, todo cuanto deseas, todo lo que puedo ofrecerte…
–No lo quiero –respondió ella levantándose del ornamentado asiento, que del impulso cayó a su espalda–. ¡Sólo quiero irme a casa!
Jareth al borde del delirio rió a carcajadas.
–Todavía no lo entiendes, pequeña niña malcriada. Ese mocoso no significa nada para mí… No vas a marcharte, jamás te dejaría salir del laberinto. Fui tremendamente piadoso contigo, incluso te facilité el camino hasta mi castillo y no me lo agradeciste. Te ofrecí el mundo, pero era poco para ti. Pude cumplir tus sueños, pero nada es suficiente. Nada de eso puede hacerte feliz. Si te dejara marchar ¿crees que lo serías? –El rey de los goblins le dio la espalda, alejándose de ella.
–¡Sí! –respondió a la carrera, tratando de detener sus pasos.
–Te equivocas. Volverías al lugar donde nadie te comprende, volverías a los juegos y a los disfraces. A tus padres, al colegio, a todo cuanto detestas. Jamás serías feliz allí.
–Por favor –Sarah cayó de rodillas a sus pies. Gruesos lagrimones mojaron su vestido, mientras Jareth la observaba majestuoso.
Se arrodilló frente a ella y, levantándole el rostro, apartó el cabello que le se le adhería húmedo.
–Jamás te marcharás –sentenció con una sonrisa rota –. Tu destino está aquí, conmigo.
–¡Prefiero morir! –gritó levantándose, dándole un fuerte empujón al rey, que apenas le hizo retroceder un ápice.
Sarah corrió hacia la puerta y dio un fuerte tirón al agarrador. Se abrió lo que parecía ser un armario, del que salieron rodando unas tapas de cazuela y un par más de utensilios de cocina. Echó la vista atrás para ver como Jareth avanzaba hacia allí con semblante serio. Cerró de nuevo, moviendo el agarrador un par de veces, para volver a abrir la puerta. La chica atravesó el umbral dando un fuerte golpe al cerrar. Una vez allí, arrancó cuantas flores quedaron al alcance de su mano, mientras corría enfurecida por el eterno jardín que había aparecido de la nada.
Al otro lado de la puerta aguardaba Jareth.
Los goblins del servicio que desde sus escondrijos habían presenciado la escena, sintieron terror observando a su rey completamente inmóvil, con la vista clavada en la madera con ribetes. Cuando comenzó a moverse, y con cada paso que dio agitando la fusta, los goblins trataron de encontrar un mejor refugio que les protegiera de la furia del señor.
Jareth recorrió el salón para dar con una puerta oculta, en el otro extremo, que conducía casi directamente a sus aposentos. Mientras avanzaba, se repetía mentalmente las palabras que sólo unas horas antes había pronunciado. Sintió la cólera creciendo en su interior.
–¡Y YO SERÉ TU ESCLAVO! –Bramó antes de desaparecer dando un portazo.

Maripa

Hoy además la motivación es máxima. Estoy viendo la peli ahora mismo en la pared de casa de un colega, en modo proyector absoluto. Ha salido Jareth en esa fantastipótama escena de la ventana, me he levantado y acto seguido me he puesto a chupar el gotelé.
Ale majas, felices Marivigilias!!

FanFic Dentro del Laberinto. Capítulo 1


LA HORA TRECE

–Dame al niño... Por increíbles peligros e innumerables fatigas, me he abierto camino hacia el castillo, más allá de la ciudad de los goblins, para recuperar al niño que me has robado. Porque mi voluntad es tan fuerte como la tuya, y mi reino igual de grande...
Sarah trataba de recordar el siguiente párrafo, mientras Jareth aguardaba rígido la condena de sus labios.
El reloj marcaba la hora trece. Tras la última campanada, sólo uno de ellos saldría victorioso.
– Porque mi voluntad es tan fuerte como la tuya... –se repitió confusa, buscando en los ojos del rey las palabras que pondrían fin a la aventura, sin encontrar más que hielo– y mi reino igual de grande... –lo había leído mil veces, cada tarde, cada noche desde que encontró el libro– y mi reino...
Sintió lágrimas abrasadoras cuando escuchó la última campanada, viendo al rey de los goblins sonreír triunfal celebrando su impotencia.
–Increíbles peligros e innumerables fatigas, todo por eso –dijo Jareth señalando con el mentón a Toby, que jugaba con una bola de cristal–. Has perdido, Sarah…
–¡Has hecho trampa!– exclamó ella rompiendo a llorar.
–Asúmelo, las cosas no siempre salen como se desea.
–¡Pero tú…!
–¡No reproches!– ordenó Jareth volviéndose furioso. Su mirada emanaba rencor.
–No puedes hacerme esto… ¡No puedes hacerme esto! – gritó mientras el rey de los goblins y el niño desaparecían envueltos en una nube de humo blanco.


–Ha ganado, mi señor…
El minúsculo goblin encargado del aposento real, se acercó a Jareth. Sus piernas chocaban produciendo un sonido similar al de las piezas de un ajedrez, batallando aún guardadas en su estuche.
–Pensé que las diría –. El rey de los goblins se dejó caer en el trono, cubriendo sus ojos con la mano enguantada.
–Pero no las recordó, mi señor. Ahora se quedará aquí.
–Sí...
–¿Y el niño, mi señor?
–¿Qué pasa con él?
–¿Lo ha convertido en…?
–Lo llevé de vuelta a su cuna.
–Un acierto, mi señor, era muy pequeño… – El goblin, confuso frente a la actitud del rey, caminaba casi arrodillado, sin saber bien qué decir o hacer.
Jareth levantó la vista, reparando en él como si llevara horas a sus pies.
–¿Qué diablos haces todavía aquí? –bramó lanzándole una patada– ¡Prepara la cena!
–¡Sí mi señor! –El goblin corrió escaleras abajo, tan rápido como sus endebles piernecillas le permitieron.
–Debe estar hambrienta…–susurró Jareth a la habitación vacía.


Tras desaparecer el rey, el suelo se resquebrajó produciendo un sonido aterrador. Sarah cayó al vacío a una velocidad que, si aquello fuera el cuento de Alicia, podría haber tomado una taza de té en el descenso.
Pese a lo espantoso del viaje, el aterrizaje fue suave. Tardó un suspiro en darse cuenta de que había caído sobre un gigantesco cojín de satén. Vio un par de plumas diminutas formando una nube a su alrededor. Temiendo ser engullida, luchó por no hundirse todavía más.
–Tienes que ponerte esto, esto, esto, y esto –le llegó una vocecilla lejana, mientras una lluvia de prendas caía sobre ella. Tardó poco en reconocerla, esa voz correspondía a la mujer que había intentado engañarla cuando estaba cerca del castillo, entonces faltó poco para que le creyera –. Y esto también, ¿has visto que preciosidad?
Sarah luchó por salir del cojín entre exclamaciones.
–¡Ayúdame! ¡Tengo que impedírselo!
–Mira este vestido –una nueva prenda fue a aterrizar sobre la cabeza de Sarah–. ¿Qué te parece? Es uno de los que te gustan, ¿es bonito, verdad?
La chica logró zafarse, escurriéndose entre los pliegues a modo de trampolín, logrando finalmente tocar el suelo. Vio a la anciana caminar sin rumbo entre una ciudad de armarios, sacando una prenda tras otra, arrojándolas en su dirección.
Corrió hacia ella y la rodeó buscando su cara entre la basura que cargaba.
–Tienes que ayudarme a salir de aquí. ¡Tengo que evitarlo!
La mujer abrió ojos como lunas y, dándole un fuerte tirón de la manga, la atrajo hacia sí. Miró a ambos lados antes de susurrarle:
–No digas eso o se enfadará, y no quieres que se enfade ¿verdad? –la anciana le clavaba dedos de águila en el brazo. Sarah gimió dolorida–. Ya lo sabía –repuso la mujer retomando la búsqueda y el tono normal, mientras le liberaba el brazo. Ella lo frotó con fuerza, como queriendo recuperar el riego–. Nadie quiere que el rey de los goblins se enfade, por eso vas a ponerte este precioso vestido para la cena. Ya verás lo guapa que estarás, no hará falta ni…
–No quiero ponérmelo –atajó Sarah.
–…que te pintes con la barra de labios –rió la anciana, volviéndose para clavarle los ojos afilados, mientras le entregaba la prenda–. Porque la chica de los ojos crueles sabe que ha perdido el juego. Y el niño se quedará en el castillo… para siempre.

Maripa
Que a gusto me he quedado, la leche xD
Esta historia ocupa un lugar en mis Marivigilias, nenas. Espero que os guste y la disfrutéis, aunque sea "fascicularmente" xD
Continuará...