Concierto.


Me pone palota la prosa poética, muchachada.


Mientras las notas del piano llegan a lo más íntimo, parece que el ruido del exterior y del interior se detenga. El que se filtra por las ventanas entreabiertas cesa sin preaviso, del mismo modo que apareció. Pero oh, el de dentro... Ese se serena y da treguas fortuitas que apaciguan ideas, mecanismos y mundos.

Piano suena despacio, sabe a caricia, más que superflua contundente. Marfil y ébano confabulan sentenciadas a las manos del artista, amante monocromático, situado ante el instrumento que aguarda silencioso, una noche, un amanecer más, que le devuelva la voz.

Tocas allegro; sorpresa que deja caer salpicaduras de tu música entre el público, como si fueras anfitrión de un evento donde muebles y partituras son únicos asistentes. Un silencio explota en la habitación, quedándoos de nuevo solos tu piano y tú. Yo te miro, te siento y vibro con cada dentada de tus dedos a las cuerdas, atrapo la nota furtiva que escapa de tu partitura. Es mía, para mí. Incluso la melodía que entonas con esa sonrisa tranquila es mía. Las quiero aunque no digas nada, aunque seas indiferencia.

Sonríe. La canción no acabará nunca. Mientras sigas respirando, tus dedos respiren y vivan contigo, la canción sonará para ese mundo que eres, que somos, los tres.

–¿Me acompañas? –pregunta.

Clarinete... Deja caer notas tristes que reverberan a tu alrededor. Tras la pausa, sueno en un solo que nunca nadie escuchó, que te empuja a abrir los ojos y verme en pié, sin atril ni partitura. Esa soy, humilde, llana y diáfana a tu música, a la sustancia de tu alma. Te miro, tu piano suena suave, tus ojos abiertos me siguen en la habitación donde el sol ya casi no logra entrar a través de las cortinas.

Clarinete... cielo de teclas brillantes que echan en falta los violines, instrumentos del amor de aguda voz para completar la pieza. Pero si cierro los ojos ahí están, ya vuelven.

Silencio. Tú y tu piano perecéis en la habitación donde los violines y yo os buscamos, sorprendidos al principio, tristes al tiempo en que la pieza se rompe sin tu música. Ébano y marfil se resquebrajan envolviéndonos en vuestro aterrador mutismo.

–Sigue tocando...

El aliento dulce de tu música se muda a mi oído que no lo reconoce, sin dejar de hacerse eco en la armonía de tu voz que me eriza el vello. Dedos largos desabrochan mi blusa y acarician fríos lo que me transmite la pieza cuando estoy sola en el escenario.

–Sigue tocando...

Y tomo aire que inspira valentía al clarinete, dotándole del carácter rebelde del que ama sin esperar ser correspondido.

Guitarras que desean integrarse en la pieza aún sabiendo que no serán bien recibidas. Guitarras que son poemas, poesía repetida con el énfasis de la partitura más sensible, la que se escribió volátil en papel maché. Ambos son demasiado orgullosos para compartir escenario: con piano no hay guitarra, con guitarra no hay violines, sin violines no hay clarinete y sin clarinete no hay piano.

Una mano viaja, un pecho aguarda a que se le escape el aire al contacto tibio. El clarinete tiembla intentado escapar. ¿Cuándo hizo él un concierto para piano? ¿Cuándo el pianista besó el pecho del clarinete desnudándolo con levedad de etérea y compulsiva balada? ¿Cuándo el clarinete fue música de violines? ¿Cuándo el piano, solitario, frío y caprichoso, quiso sonar como una guitarra?

Amaneceres que son luz, noches que son frío, sexo que siendo prosa se convierte en poema cuando un clarinete, compañero de guitarras, se enamora de un piano.




Maripa

Estamos de vuelta!!!

Hola Vigiliosaaaaaaaaaaas!!!!!
¿Qué tal? ¿Cómo fue el veranito? El nuestro ha sido super movidito. La vuelta no mucho menos, de ahí el retraso a la hora de actualizar el blog. Pero bueno, aquí estamos y sabemos que nos perdonáis jajajaj.
Os dejo un relatito corto, una cosita sencilla pa amenizar e ir abriendo boca... En breve volverán los Fanfic y las cosas molonas :D :D :D
Os echábamos de menos, reinas y reyes!! xD

Muas!!!

Culpable



–Has jodido mi matrimonio.
Su espalda ondula al tiempo que la cadera se interna, violenta, en mí.
–¿Estás contenta?
Repite lanzando un golpe que me hace resonar el cuerpo. Un gemido ahogado de placer es luz en mi sur y música en los huesos.
–El niño nacerá la semana que viene, tendré que estar ahí ¿qué harás entonces?
Me pregunta jugando con el aire que se escapa de su garganta. Sus dientes impacientes, aprenden la forma de mis pezones.
–¿Celebrarás la ruptura de mi familia?
Me clava los dedos en las rodillas, manteniéndolas separadas con exigencia. Mañana tendré que maquillármelas.
–Gime para mí.
No lo hago. Sus manos están en mi cadera. Me empujan amenazando con dejarme atrapada por completo bajo su cuerpo. Él trepa, se interna, exigiéndome la lengua. Siento el dolor lacerante de mi útero que grita.
–¡Gime!
–Mmm…
–¡Gime de una vez!
–¡Ya basta!
Me aparto de él. Viajo al misterioso país del lado más alejado de la cama.
–Lo siento mi vida, ¿te he hecho daño?
–Me lo haces cada vez que pienso porqué estás en mi cama de día y en la de tu mujer de noche.
–Sabes que es a ti a quien quiero, cielo…
–Siempre dices lo mismo…

Maripa

Fanfic Dentro del Laberinto. Capítulo 10

10. ACEPTO


¿Cómo podía ser tan jodidamente egoísta? Pensaba Sarah caminando de un lado a otro de la habitación, como un animal enjaulado. Precisamente así se sentía.

Sabía que el odio, el real, no aquel que le tuvo en ocasiones a Jareth más bien disfrazado de indignación, respiraba por ella, caminaba por ella, hablaba por ella y se movía por ella.

Esa mañana, la previa al enlace, aporreó y pateó la puerta, también gritó hasta dejarse la voz en el intento, exigiendo que le dejaran salir. Al otro lado, la guardia se sobresaltaba con cada indecorosa exclamación que se filtraba por las rendijas de la puerta, sin atreverse a abrir la boca.

Jareth había sido informado, pero también él se encontraba en otro lado del castillo, gritando y aporreando cualquier cosa que se cruzara en su camino, en un intento por calmar los nervios que amenazaban con llevarle a la habitación de la chica y explicarle, sin palabras, cuantas cosas quería que se grabaran a fuego en sus retinas.

Sarah comenzó a atar las sábanas, pero se le resbalaban entre los dedos como si tuvieran vida propia. Alguien se le había adelantado, habían anticipado sus movimientos. En la cama del rey la ropa era tan suave, que con sólo pasar la uña por su superficie se rompía. Los muy bastardos no querían que escapara por la ventana.

–¡Perfecto! ¿Puede ser algo más injusto aún? –se dejó caer en el suelo.

Allí sentada en medio de la habitación observó las paredes con detenimiento, tendría que haber algún modo de escapar. Jareth no sería tan estúpido como para no construir una salida de emergencia en su dormitorio. Rápidamente corrió hacia la que tenía más próxima y, estirándose por completo sobre ella, comenzó a palpar todos y cada uno de los rincones que encontró, a la busca de un botón, una rendija, una piedra suelta, o algo, que le mostrara la puerta oculta. Continuó con la siguiente pared, y con las cinco más que restaban.

–¡Maldito seas!

–Oh, gracias, yo también la aprecio, señorita…

–¿Quién eres tú? –preguntó Sarah tan enervada como sorprendida por la repentina interrupción.

–Es lo más bonito que me han dicho nun…

–¿¡Quién eres!? –gritó la chica.

–Disculpe, señorita –respondió el goblin retirándose el andrajo que utilizaba como gorro, para comenzar a estrujarlo entre sus pequeñas manos–. Mi nombre es Seppy. El rey me envía para que compruebe si…

–¿Qué? –preguntó Sarah acercándose a él intimidadora, exigente.

–Para saber si… si ya se ha cansado de aporrear la puerta y puede bajar al salón.

–¿Para qué?

Al goblin se le hizo un nudo en la garganta.

–Para supervisar em… los preparativos de la ceremonia.

Un calor abrasador le subió desde la planta de los pies hasta el cabello inflamándola como si estuviera llena de helio. Las manos le temblaron cuando agarró al hombrecillo por los hombros lanzándole de un empujón hacia la puerta.

–Dile a Jareth que no pienso bajar.

–Mi señor ya lo había supuesto, por eso me ha pedido que, si se negaba a hacerlo, le mostrara esto… –extrajo del bolsillo una brillante bola de cristal donde apareció una secuencia grabada con total claridad, donde podía verse a ambos mirando el contrato. En ese momento ella se clavaba la pluma en la mano.

–Dile a Jareth…

–¿Sí señorita?

–Bajaré enseguida –respondió Sarah cerrando la puerta en la nariz del goblin.

Se sentó sobre la cama. Le dolía la mandíbula de tanto apretar los dientes. Tenía que bajar, tenía que hacerlo porque si se negaba, su futuro esposo arremetería contra sus amigos. O iría a por su hermano, que ya estaba a salvo en casa…

–¡Maldito seas! –gritó llena de rabia.

La había engañado todo aquel tiempo. Todo. La había visto sufrir, llorar, suplicar… ceder. Lo tenía todo previsto desde el principio. Por supuesto que no quería al niño. Si lo hubiera querido, sencillamente lo habría cogido, no le habría dado siquiera la opción de recuperarlo internándose en el laberinto. Y ella como una estúpida había caído en la trampa dos veces, tres, siete, veinte... Había dejado que fuera el primero en estar entre sus piernas, le había besado, hasta se había enamorado de él, pensó sintiendo la ansiedad creciente palpitándole en el pecho. Siempre había estado enamorada de él.

–Ahora quiere que te cases con él, que seas su reina. ¿Ahora qué, Sarah? –dijo al vacío de la habitación mientras se echaba las manos a la cabeza.

No quería casarse con él; no entonces, no conociéndolo y sabiendo que podía hacerle daño. Ahora sólo quería escapar, alejarse del laberinto, de las mentiras y del calor que nacía entre sus piernas cada vez que le sentía cerca, cada vez que le besaba.


–¿Cuándo diablos piensa bajar? –Jareth zarandeó al goblin que, retirándose el andrajo de la cabeza, repitió la operación del dormitorio.

–No lo sé, mi señor. La señorita dijo que…

–¡Bajará o iré yo mismo a buscarla! –exclamó Jareth dándole una patada al siervo que, agradecido porque la cosa no hubiera ido a más, desapareció con urgencia entre la multitud.

Maldita sea, pensaba Jareth sentado en el trono, cubriéndose los labios con la mano enguantada.

Siempre luchando por ella, desde el principio. Largas noches haciendo guardia en el árbol más próximo a su ventana. Tardes viéndola jugar en el parque, escuchando cómo me llamaba, viéndola suplicar porque apareciera… Dejando mi reino abandonado. Lo he dejado todo. Le he dado cuanto ha pedido. ¿Qué demonios quiere que haga? ¡Maldita sea! ¡Tiene que estar conmigo! ¡Sé que me ama! He sabido lo que siente cada noche, cada vez que le hago el amor y gime. ¿Qué diablos quiere de mí?

Se levantó dando un golpe con la fusta y comenzó a atravesar el salón, decorado con las más exquisitas orquídeas blancas del reino, las flores más bellas, las sedas más exclusivas, el cristal más labrado, y todo cuanto ella siempre le pidió en sueños.

–¿Ponemos esto aquí, su majestad? –preguntaron un par de goblins que, con esfuerzo, sujetaban una bella e inmensa lámpara de plata.

Jareth no respondió.

Cuando ya había recorrido la mitad del salón…

–¡Va a venir aunque tenga que traerla arrastrada del cabello!


–No será necesario –respondió Sarah apareciendo entre la multitud–. Eres todo un caballero, gracias. Pero afortunadamente he podido bajar por mi propio pie.

–¿Ahora me vienes con sutilezas?

–¿Sutilezas? No podría jamás ser tan sutil como tú, querido –respondió ella clavándole las esmeraldas hasta la médula.

–Si te parece, si nos das el permiso, tu conformidad –comentó él jactándose en su algarabía– podremos continuar con los preparativos.

–Por supuesto. No sé ni para qué me has hecho llamar. Esta es tú boda. Puedes hacerla como te dé la gana –dijo ella manteniendo el semblante serio, aún cuando su cuerpo palpitaba con cada palabra.

–¿Lo estás diciendo en serio?

–¿Me ves sonreír? –Jareth guardó silencio–. Por supuesto, hace tiempo que no sonrío, eres consciente…

–¿Qué quieres de mí, Sarah? –preguntó él agotado, buscando apoyo en algún lugar que no encontró.

–A ti, amor. Prepara el salón tal como gustes. Haz lo que quieras. Sigue manteniéndome encerrada. Deja que renuncie a mi mundo por el tuyo. Acosa a mis amigos. Transforma a mi hermano… ¿Sabes Jareth? Ya me da igual. Puedes hacer lo que quieras.

–¿Por qué dices esas cosas? –cerró los ojos tratando de calmarse. Sus labios eran una fina línea de incredulidad y dolor.

–¿Y qué quieres que diga? –preguntó ella con voz y semblante helados.

–Di que me amas y yo seré tu esclavo…

–También te temo.

–No quiero que me temas. Vamos a estar siempre juntos, Sarah. Témeme sólo cuando debas hacerlo.

–¿Y cuándo no? –preguntó ella.

–Mi señor… –se había formado un charquito de sudor alrededor de los goblins que sujetaban la lámpara. Uno de ellos, debido al peso, se había enterrado hasta la cintura en el suelo del salón.

Sarah se percató.

–Ahí estará perfecta –comentó la chica antes de dar la vuelta dirigiéndose al pasillo por el que había entrado al salón–. ¿Va alguien a llevarme a rastras al dormitorio, o debo ir hasta allí yo sola? –preguntó antes de abandonar la estancia.

Los goblins miraron a Jareth a la espera de órdenes. Pero él no respondía. Se había quedado clavado al suelo. Desde allí sólo pudo verla desaparecer, deseando no haberla hecho llamar jamás.


–¿Cómo podéis decir eso, Sir Hoggle? ¡Aquí huele a infiernos! –Sir Dydimus comprobaba que todo estuviera en su lugar una vez llegaron a casa. Lamentablemente, la guardia que había hecho el registro de su árbol, había abandonado allí unas nefastas pelotillas de ambientador que apestaban la casa del caballero.

–¡Por lo menos tenéis hogar, no os quejéis!

Y es que tanto Ludo, como Hoggle y el resto de los liberados, habían sufrido una devastación atroz por parte de la guardia de Jareth. Al que no le habían incendiado la casa, le habían llevado nuevos inquilinos comedores de carne, y muy muy hambrientos.

–Jareth maaaalo –añadió Ludo recordando su cueva, ahora infestada de babosas con afilados colmillos.

–Lo cierto es que se merece un escarmiento –dijo Hello rojo de rabia–. La guardia fue a mi casa y sacó a mi señora empujándola con un palo, puso dinamita en la entrada y luego… luego la dejaron sobre un tulipán.

Los presentes se miraron entre sí, preguntándose en silencio qué había de malo en eso.

–¡Y mi señora es alérgica a los tulipanes! –Bramó volviéndose rojo de rabia.

–Oh, pobre gusanita…

–¡Mi señora no es una gusana, es una onicófora! –dijo Hello arrugándose por completo, dispuesto a lanzarse contra el sombrero parlante.

–Amigos, amigos, calmémonos –Hoggle trató de serenar los ánimos–. Por supuesto que Jareth merece un escarmiento, pero ahora lo realmente importante es liberar a Sarah.

–¡Guau! Guay guau guau guau guau, guauguau… Guau guau arrrrrghghghhghg Guau. Guau… ¡Guau! guau guau guau guau guau guauguauguau guau… –dijo Ambrosius. Los demás guardaron silencio excepto Sir Dydimus que, en seguida, vio lo inteligente del plan.

–¡Caramba Ambrosius! Tienes madera de mercenario… –dijo con admiración– Prosigue –solicitó mientras los demás asistentes escuchaban los ladridos de Ambrosius, boquiabiertos.

– Guau guau guau, ¿Guau?

–Por supuesto. Un caballero valeroso como yo, nada teme.

–Guau. Guau guau guauguau, guau guau.

–¿Hermaaaano? –preguntó Ludo a Dydimus pidiendo una interpretación del discurso, pero el caballero estaba tan ensimismado con el plan urdido por su corcel que pasó por alto la intervención.

–¿Estáis seguro de eso?

– Guau –respondió Ambrosius.

–Pues entonces… –comenzó Dydimus levantándose lleno de energía de la roca sobre la que se había sentado– ¡Afilemos las espadas, tomemos nuestras monturas y vayamos ahora mismo a rescatar a Milady de las garras de ese rufián de Jareth!

El resto de asistentes se removieron inquietos sin saber muy bien qué hacer.

–¡Por Milady! –exclamó el caballero alzando la espada sobre su cabeza para, acto seguido, y de un salto, montar en Ambrosius que emprendió una potente cabalgada en dirección al castillo.

–¡Dydimus! –llamó Hoggle que permanecía junto al resto, haciendo que el valeroso jinete mirara atrás percatándose de que nadie le seguía.

–¿Qué hacéis ahí, cobardes?

–¿Te importaría contarnos el plan?


Aquella noche durmieron separados.

El rey le cedió el dormitorio donde le habían llevado un vestido blanco y opulento. En cualquier otra situación, habría pensado que era el vestido más bonito del mundo, el que siempre soñó, pero no podía más que mirarlo con recelo. Andaba en círculos a su alrededor odiándolo con todas sus fuerzas cada vez que encontraba un nuevo detalle. Lo mismo le ocurría con el conjunto de joyería que le habían dejado sobre la cama. Oro blanco y diamantes para los pendientes, la gargantilla, anillo y pulsera que debía lucir en el enlace. También otra caja, esta con un brazalete de plástico regalo del duque de Kenturiche, sabedor de su gusto por ese material.

Agarró las cajas y las lanzó al suelo para pisotearlas después. Ninguna joya sufrió daños por mucho que se esforzó. Lo mismo había ocurrido con el vestido. No pudo romperlo, rasgarlo ni arrancar ninguno de los apliques.

Unos toquecillos en la puerta la alertaron. Era un goblin que, trabajosamente, transportaba una enorme caja. Sarah la agarró con desgana, y tras cerrar la puerta, rompió el papel que la envolvía. Era un regalo de Jareth, ya que no llevaba tarjeta. Apartó el papel blanco que la envolvía para descubrir una combinación del mismo color. Delicada, maravillosa, digna de la realeza. Eran del tipo de prendas que siempre soñó poseer, igual que las demás. Eran perfectas con sus encajes, sus cintas, su corsé y su ligero camisoncillo para la noche de bodas.

Lo dejó caer todo sobre la cama.

–Maldito seas, Jareth… –susurró antes de romper a llorar.


Algo parecido a una campana doblaba alegremente. No pudo pegar ojo en toda la noche, de modo que, cuando la escuchó doblar, supo que se aproximaba el momento. Al poco la puerta se abrió sin el menor decoro y gran cantidad de goblins invadieron la habitación. Ambos fueron increpados para levantarse de la cama, ambos supieron de la angustia del equipo opuesto de goblins. Tanto Jareth como Sarah sabían que, si el otro no estaba perfectamente listo a las nueve en el salón, la culpa sería suya, y el castigo sería la muerte.

El día pasó como si fuera un sueño.

Sarah despertó surcando un pasillo rodeado de público donde al final, aguardaba el hombre que se convertiría en su marido. Sufrió un mareo seguido de nauseas mientras avanzaba con paso lento hacia el altar.

No te detengas, se dijo sintiendo los ojos de los invitados clavados en ella, escuchando las admiraciones que las damas exhalaban, y los murmullos de los goblins al fondo de la sala, presintiendo lo que ocurría en esos mismos instantes, en la ceremonia. La música acompañaba sus pasos lentos, vigilados por la figura de Jareth.

Los invitados se volvían a su paso. Y mientras todos comentaban, sólo unos labios se mantenían cerrados. El invitado, vestido elegantemente, la seguía en silencio. Sólo él había elegido un conjunto negro, sólo él no llevaba el rostro cubierto por un enorme sombrero de gala, sólo él la miraba con ojos oscuros.

Sarah llegó al altar.

Jareth le tendió la mano y juntos subieron las escaleras que les separaban del sacerdote.

–Nos hemos reunido para celebrar la unión de Jareth, rey de los goblins y el Laberinto, hijo de Jareth rey de los goblins y el Laberinto y Melina reina de Kenturiche, con Sarah, hija de Mark y Helen, en sagrado matrimonio…


–¿Cuándo tenemos que entrar?

–Aún queda rato.

–Cálmate Ambrosius, todavía no hay porqué temer. Sir Hello está escalando hasta la ventana y ya hubiera dado la voz de alarma si…

–¿Saaaarah?

–¡Shhhh silencio Ludo!

–¿No deberíamos haberle preguntado a alguien?

–No.

–Oh, es tan estimulante estar en tu cabeza…

–¡Cállate!

–Oh, dios mío…

–¿Qué pasa Hello? ¿Qué ves?

–…

–Sir Hello, no es momento este para andarse con misterios.

–… –susurros.

–¿Qué está ocurriendo? –preguntó Hoggle, recogiendo a Hello en la palma de su mano.


–Acepto.

Sarah tomó aire antes de hablar.

–Acepto.

–Podéis tomar a la reina, majestad.


Antes de que llegara a darse cuenta de cómo había ocurrido se encontraba en el dormitorio con Jareth.

–He de tomarte, esposa. Esa es la costumbre.

–En mi mundo no se hace así.

–Ahora este es tu mundo. Ahora eres la reina –dijo Jareth sonriendo con malicia al verla retroceder según él avanzaba.

Sarah tropezó con el vestido cayendo sobre la cama.

–¿Lo harás con cuidado? –preguntó aterrada al ver la expresión de Jareth.

–No, hoy no.


–¡Por Milady! –Exclamó Sir Dydimus.

–¡Por Milady! –Respondieron todos aquellos con cuantos Sarah tuvo contacto antes de ser encerrada en el castillo del rey de los goblins.


–¡Majestad, nos atacan! –Exclamó alguien al otro lado de la puerta.

Jareth, tras colocarse la chaqueta blanca frente al espejo, caminó hasta la puerta. Al otro lado un soldado de la guardia exterior, aguardaba inquieto sus órdenes.

–Matadlos –sentenció el rey.

–¡No! –exclamó Sarah llorando de miedo y rabia.

–Sí mi señor.

La chica corrió hasta la puerta y trató de apartar a Jareth de un empujón.

–¡Soy la reina y os ordeno que no lo hagáis! –ordenó ella provocando las dudas del guardia.

–Matadlos o morid.

–Sí mi señor –alcanzó a decir el goblin antes de desaparecer.

–Jareth no, por favor… –el rey se volvió para dedicarle una mirada de hielo–. No lo hagas… por mí, por favor, Jareth… –suplicó Sarah a lágrima viva cayendo a sus pies.

–Querida… –respondió él alzándola del suelo– reponte sin tardar demasiado; los invitados nos aguardan para el banquete.

–Jareth… –dijo Sarah a su espalda.

La puerta se cerró.

–¡Maldito seas! –gritó la chica dando un fuerte puñetazo a la pared de piedra.

Una roca a sus pies comenzó a moverse con lentitud, desplazándose hacia el lado. Como de la nada surgieron unas angostas escaleras que se perdían en un agujero, tan negro, que le recordó a un olvidadero.


Los invitados, ajenos a cuanto ocurría fuera del castillo, parloteaban inquietos. Jamás se había dado semejante situación en una boda real. El murmullo constante hacía las veces de música ambiental en el salón. Jareth echó una ojeada a la mesa ornamentada hasta la desesperación. Había un asiento vacío, pero aquello era el menor de sus problemas.

–Hacedla venir ahora mismo –había ordenado.

Desde eso ya habían transcurrido largos minutos donde los invitados, seguían con los platos repletos de delicias a la espera de ser degustadas.

Un goblin se acercó al rey. Jareth le dirigió una mirada que podría haberlo partido a la mitad. Venía solo.

–Mi señor… La reina ha desaparecido.



Maripa


Bueno chicas, hasta aquí hemos llegado (música triste de violines xD). Como habéis visto, el final está cerradísimo y eso indica que igual hay que despedirse de esta historia para siempre (xD muahahahhaahha)...

Ha llegado el super verano y me daba pena seguir con el Fanfic y dejármelo así, colgandero y sin terminar, antes de irme de vacaciones (que me queda ná, por cierto Weeeeeeeeee!!!!!!), de ahí que se acabe la cosa. De todos modos os prometo que tomaré muchas notas, aprenderé muchas cosas, y viajaré mucho a mi laberinto particular, para volver después de septiembre cargada de ideas e historias que contaros.

Ya sus enterarís de cuando se reemprende la cosa, maris, que esto es como las series molonas, que se acaba la temporada en lo mejor xD. Mientras tanto iré colgando algún relatillo sueltecico, de esos que están deseando ver la luz.

Ale, nos vemos en el próximo.

Besitos a todas y todos!!!

Gracias muchas mil, de verdad.


P.D. A ver si Marime se anima y publica ya la jodía, ¬¬ que nos tiene en un sin vivir xD




Fanfic Dentro del Laberinto. Capítulo 9


9. LA CANCIÓN DEL PÁJARO

El día había resultado ser más intenso de lo que cualquier rey pudiera desear. Tras la reunión con los súbditos (escuchar sus quejas, las del pueblo y los asuntos más urgentes a solventar), vino una interminable hilera de ruegos y demandas, a cuál más absurda. Acto seguido la importante comida de gala con el duque de Kenturiche, con quien tenía ciertos asuntos, y tras interminables horas de charla, cuando ya el castillo estaba casi inmerso en la penumbra, la visita a las mazmorras.

Jareth estaba agotado. Según recorría los pasillos aproximándose a los prisioneros sentía que alguien estaba bailando la danza del puercoespín en sus sienes, y ese alguien no era otro que Sarah, vestida pobremente, martilleándole los pensamientos con sus zapatos de cristal.

–Silencio todo el mundo.

–¿Qué decís, rufián?

–Shhhh… El rey está aquí –anunció el goblin a Sir Didymus, haciendo que, por primera vez en su vida, aquello le sirviera para cerrar la boca.

–Espero que estéis disfrutando de la estancia en mi modesto palacio –tras echar una ojeada a la celda, Jareth decidió sentarse en el suelo de la mazmorra, ya que consideró era el lugar más limpio.

–Jareth –dijo Hoggle tratando de hacer una respetuosa inclinación–, ¿cómo está Sarah?

–Quizá eso mismo debiera preguntároslo a vosotros.

–¿Sarah? –Ludo mostrando su sorpresa no logró decir más.

–Ha llegado a mi conocimiento que, de algún modo, estáis en contacto con ella. Odiaría pensar que la confianza que he depositado en vosotros… tu palabra de honor –dijo mirando directamente a Dydimus– y tus promesas –en esta ocasión se dirigió a Hoggle– se han roto.

–Pero no sabemos nada de ella –confesó el goblin con preocupación en el rostro.

–Ciertamente no sé qué está pasando. Alguien no está siendo sincero, caballeros, de modo que ruego digáis todo cuanto debáis ahora; hoy que mi cansancio os impondrá un castigo menor. Si he de volver mañana para descubrir que mis fieles súbditos están urdiendo un plan para llevársela del castillo, no saldréis vivos de ésta celda.

–No sabemos nada de Myladi, majestad –declaró Dydimus con sombría sinceridad.

–Naaaada –añadió Ludo con tristeza.

–Eso espero.

Jareth se levantó sintiendo el peso del cansancio en cada músculo de su cuerpo. Creía lo que le decían, aunque le costaba pensar que Sarah fuera la artífice del plan. Por supuesto ella era la más inteligente del grupo, pero pese a las mentiras y al juego cruel que mantenían, pensaba que, de algún modo, había comenzado a sentir algo por él.

–Maldita sea –dijo entre dientes abandonando las mazmorras.

Ahora le quedaba lo más duro, ir a su dormitorio, comprobar si realmente había ingerido aquella repugnante comida, y mostrarse aterrador ante ella, seguir siendo un rey aún cuando estuviera en la alcoba de la reina.


Horas antes la puerta de Sarah se abrió para dejar paso a dos seres diminutos y un caballo. La chica estaba sentada en el alfeizar de la ventana planteándose volver a saltar, cuando los tres irrumpieron en su dormitorio. No se volvió a mirarlos. Ignoró por completo su cansino parloteo hasta que, como una revelación, escuchó un ladrido.

–…huele raro, pero no está del todo mal.

Sarah se encontró con la mirada expectante de Ambrosius mientras los goblins dejaban la comida sobre la mesita de cristal. Sin pensarlo bajó de un salto del alfeizar dirigiéndose directamente hacia él. Uno de ellos, percatándose de sus intenciones, intentó alertarla del genio del animal.

–Me encantan los perros –.Dijo Sarah ignorándole por completo.

Al momento estaba de rodillas junto a Ambrosius. Sentía que necesitaba abrazarlo, sabía que hacerlo le daría la paz que buscaba desde que Jareth la encerró en la habitación, pero su amigo le gruñó suavemente, alertándole de que aquello podría levantar sospechas. Sarah le acarició la cabeza bajo la atenta mirada de uno de los goblins.

–¿Vas a ayudarme a servir la mesa? ¡Siempre acabo haciéndolo yo todo!

Al momento el aludido se volvió y puso manos a la obra. Entonces la chica aprovechó para preguntarle a Ambrosius:

–¿Están bien? ¿Y mi hermano? ¿Están vivos? Temo por ellos.

Su amigo le contestó con una leve inclinación de cabeza seguida de un lastimero gemido. No había olfateado al niño, nadie sabía de él. Sarah, tristemente comprendió al instante.

–Me tiene aquí encerrada, hay vigilantes por todas partes… –dijo conteniendo las lágrimas.

Con un movimiento de pata, Ambrosius rogó paciencia.

–¿Qué puedo hacer?

A lo que su amigo respondió del mismo modo.

Comprendió que tenía un plan, uno que, lamentablemente, no podía contarle, de modo que sólo le quedaba esperar, tener paciencia y rogar que la ayuda, llegara algún día.

Poco después los tres desaparecieron. De su visita sólo le quedó saber que ellos estaban bien, que Ambrosius tenía algo en mente y aquel horrible plato de bazofia. Lo tomó con cuidado de no tocar la mezcla marrón que parecía tener vida propia y, acto seguido, lo lanzó por el ventanal. Los trozos de porcelana se repartieron en el suelo del patio como una lluvia de perlas cortantes que alertaron a la guardia. Poco después uno de ellos estaba inspeccionando la zona, mirándole desde el suelo, mientras ella, desafiante, dejaba los pies colgando en el vacío.


Jareth fue informado del incidente horas después, frente a la puerta de Sarah. El goblin que bajó a comprobar lo que había ocurrido le relataba tembloroso el hallazgo de la bazofia esparcida en el patio. El rey cerró los ojos, más por su dolor de cabeza que por el enfado. Ordenó que se retiraran unos cuantos dejando sólo a dos guardias frente a la puerta.

Abrió la habitación. La chica seguía peligrosamente colgando del alfeizar.

–¿Qué haces ahí? –preguntó cerrando tras de sí–. Podrías hacerte daño.

–¿Te importaría eso realmente?

–¿Por qué piensas que no?

–Jareth –dijo Sarah sin volverse para mirarlo–, me has alejado de todo, de mis seres queridos, de mis amigos, de cuanto amo.

–Lo he hecho por ti, por nosotros.

Había recorrido la habitación, ahora estaba a su espalda deslizándole los brazos por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro, anhelando lo que sólo ella podía darle y tanto necesitaba.

–Eso no es amor.

Sus palabras cayeron en el rey como una jarra de agua fría. Por primera vez, Jareth sintió algo parecido a la angustia, una descarga helada que le recorrió de pies a cabeza impidiendo que se moviera o articulara palabra.

–No sé qué sientes por mí, pero dudo que sea amor.

–¿Qué puedo hacer, Sarah? Amenazas con desaparecer cada vez que me doy la vuelta, me mientes, tramas cosas a mi espalda. Actúas como si estuvieras en…

–En una cárcel –dijo ella haciendo que él guardara silencio.

–Pero esto no es una celda, es tu hogar.

–No es mi hogar, lo sabes tan bien como yo.

–¿Ya se ha terminado el juego? –preguntó Jareth con cierto tizne de temor en la voz.

–Sí. No perdí la memoria, ya lo sabías.

–Mientes muy mal, querida.

–¿Está bien mi hermano?

–Sarah, por favor… –el rey separó la barbilla de su hombro y comenzó a caminar erráticamente por la habitación. Si se lo decía, si le decía que el niño había regresado a casa, la perdería para siempre.

–¿Y mis amigos, están bien ellos?

–Siguen en la celda, están bien.

–¿También está allí Toby?

–No.

–¿Dónde está?

–Sarah…

–Libéralo, Jareth. Vuelve a convertirlo en humano. Libera a Hoggle, a Ludo, Dydimus y al resto. Si lo haces me quedaré contigo para siempre. No intentaré escapar, no me resistiré…

–¿Lo estás diciendo en serio?

–Sí.

Su palabra le estremeció. Tanto tiempo intentando doblegarla había hecho de la voz de la chica un puñal afilado. Tampoco dudaba de ella, supo casi al instante que cumpliría con su palabra. Finalmente tendría para siempre a la auténtica Sarah, no a la que había representado durante los últimos días; y eso era cuanto deseaba, a ella en toda su efervescencia, enfadada, risueña, feliz o lacrimosa, sólo a ella.

–Promételo, hazlo con sangre.

La chica se volvió en la ventana. Jareth con un movimiento de la mano hizo aparecer un deseo en forma de bola de cristal, que al instante se convirtió en un pergamino amarillento acompañado de una pluma.

Sarah dio un salto y caminó decidida hacia él, que le entregó la pluma y el pergamino. Sin leerlo siquiera clavó el plumín en la palma de su mano, haciendo que brotara sangre para humedecer la pluma. Hizo una sencilla rúbrica para firmar el acuerdo. Jareth lo hizo desaparecer mientras un estremecedor silencio se instalaba en la habitación.

–¿Qué piensas hacer ahora? –preguntó al fin.

–Lo que me ordenes.

–Ven conmigo, vayamos a liberar a tus amigos.

–¿Qué hay de mi hermano?

–Está en casa desde que se dio la hora trece.


Lo siguió hasta las mazmorras. La guardia iba abriéndoles camino entre exclamaciones y silencios expectantes, mientras un goblin los precedía antorcha en mano.

–¿Pero qué…? –preguntó Hoggle antes de darse cuenta de lo que estaba sucediendo.

–¡Oh, dios mío! –Sarah echó a correr hacia la pared donde colgaban sus amigos tratando de sujetarlos de modo que el peso no continuara haciendo sangrar sus muñecas –¡Dios mío! –repitió mientras las lágrimas cubrían sus mejillas, intentando alcanzarlos al mismo tiempo.

–Liberadlos –ordenó el rey desde la oscuridad.

Al momento los goblins se adelantaron y haciéndola retroceder, abrieron los grilletes. Ludo se abalanzó sobre ella dándole un abrazo grande y peludo del que la chica no quería despegarse. Dydimus y Hoggle trataron de acercársele, pero las piernas no les respondían tras tantos días, con sus noches, colgando en la pared. Finalmente fue Sarah quien los abrazó a ellos.

–¡Estáis bien Myladi! –exclamó Dydimus desde el suelo, tratando dignamente de incorporarse.

La chica sentía cómo se le rompía el corazón al ver a sus amigos en aquel estado.

–Sí, estoy bien. Jareth ha sido muy amable conmigo.

–¿Somos libres? –preguntó Hoggle esperanzado tras echar un vistazo rápido a la oscuridad buscando la mirada del rey.

–Sí, ya sois libres.

–¡Vámonos entonces! ¡Os alojaréis conmigo! Tengo sitio de sobra en mi árbol, sólo tenemos que encontrar a Ambrosius y… ¿por qué no camináis Milady? –preguntó Dydimus dándole un tironcito de la mano. Sarah no se movió –. No me digáis que…

Pero no hizo falta que ella abriera la boca.

–Marchaos ya, sois libres. Eso sí, he de advertiros algo: jamás volváis a aparecer por el castillo sin ser llamados. Ha sido su compasión lo que os ha liberado, pero seré yo mismo quien se encargue de liquidaros si os vuelvo a ver por aquí.

–Id a casa –dijo ella entre lágrimas arrodillándose para besarlos mientras Ludo le acariciaba la espalda, –marchaos y sed felices. Yo estaré bien, os lo prometo.

–¡Pero Sarah!

–¡Milady, eso no es justo!

–Marchaos… –rogó ella– por favor, iros antes de que se arrepienta.

–Sarah –llamó Jareth desde la oscuridad–, vámonos.

–Cuidaros mucho, todos. Por favor, marchaos ya y alejaros cuando podáis del castillo –hizo que todos guardaran silencio con un movimiento de la mano–, hacedme caso, por favor. Estaré bien, de verdad.

–Sarah… –repitió Jareth con cierta ansiedad en la voz.

La chica se levantó dirigiéndose a la puerta de la celda.

–Quiero ver cómo se van –ordenó ella en tono cortante.

–Los verás desde arriba. Vámonos.

Jareth la tomó de la mano guiándola por el pasillo. La chica se volvió para ver a sus amigos en la celda, allí seguían quietos, boquiabiertos, tristes.


Sólo un par de minutos después, desde el balcón, fue testigo de cómo abandonaban el castillo. No pudo evitar volver a llorar al verlos marchar mirando atrás, tratando de localizarla. Sólo Ludo pudo hacerlo, llamando a las piedras, entonando una triste melodía de despedida que la chica repitió mentalmente durante la cena, una y otra vez.

A los pocos minutos pidió permiso para retirarse a su dormitorio. Jareth se lo negó, alegando que esa noche dormirían en el de él, igual que el resto de las noches desde ese momento. Haciendo caso omiso, se levantó siguiendo a los guardias.

Sus cosas ya habían sido trasladadas. Todo estaba dispuesto para que comenzara su vida en el castillo junto a Jareth. Una vez en el dormitorio se dejó caer sobre el lecho sin poder dejar de pensar en ellos y en Toby, que durante todo aquel tiempo había estado a salvo, en casa.

La puerta se abrió por sorpresa. Al momento supo a Jareth tras ella, aproximándose para echarse a su lado.

–Estarán bien, me encargaré de ello –dijo acariciándole el cabello– y tú también lo estarás, creas lo que creas.

El silencio de la chica le hizo cómplice.

–Tengo grandes cosas pensadas para nosotros –dijo él acariciándole el hombro, descendiendo después por sus caderas–, cosas tan grandes que jamás ningún rey de este mundo ha hecho.

–¿Qué cosas? –preguntó Sarah, sintiendo cómo su vello se erizaba al contacto con los dedos de Jareth.

–Cosas magníficas…

Le besó el hombro haciendo que el vestido se deslizara lentamente. Con un suave movimiento la tendió boca arriba en la cama besándola con delicadeza.

–Sé que estás triste… –dijo antes de volver a besarla– sé que no deseas vivir en mi castillo –deslizó sus manos hasta el muslo de Sarah, que le aguardaba frío y terso, flexionado–, pero también sé que cambiarás de idea.

Se colocó entre sus piernas sabiendo que no era del todo bien recibido. Pero la deseaba tanto… No había podido dejar de pensar en ella durante aquel largo día, y ahora estaba allí, tan cerca, tan extremadamente cerca, que la deseaba todavía más. Se deshizo de la ropa antes de quitarle el vestido.

Su ropa interior, nívea, era la tentación por la que Jareth habría vendido su reino a un mendigo. Erecto, comenzó a empujar su sexo contra sus braguitas cubiertas de encaje, notándolas ligeramente húmedas y calientes.

–Sé que acabarás aceptándome como tu rey –dijo separando sus labios de los de ella, tomando aire tras un beso húmedo, largo y profundo que la chica le devolvió, mientras seguía intentando colarse en su ropa interior–. Lo harás por mí… –su mano viajó al pecho de Sarah, seguida por su boca. La chica gimió débilmente. Casi había logrado entrar, casi podía sentirlo.

–Sé que lo quieres… ¿lo quieres?

–Sí… –gimió ella olvidando todo lo ocurrido aquella tarde, absolutamente todo.

–Lo sabía… –Jareth volvió a besarla. Su sexo ya había encontrado el modo de derribar la muralla que le separaba del de Sarah, casi estaba dentro, casi la tenía–. Eres mía, Sarah –dijo antes de penetrarla con fuerza, con necesidad, antes de hacerla gemir una nueva noche.


El amanecer llegó tímido.

Jareth dormía plácidamente a su lado; ella no pudo pegar ojo en toda la noche. Pensaba en sus amigos y su hermano, ¿cómo serían ahora sus vidas? ¿la recordaría Toby? ¿le hablarían sus padres de ella? Sintió que, de nuevo, tenía ganas de llorar, pero se contuvo. Se había prometido no volver a hacerlo en presencia de Jareth, ni en presencia de nadie a ser posible.

–¡Maldita sea! –exclamó sintiendo cómo la primera lágrima rodaba silenciosa por su mejilla.

La eliminó de un manotazo, maldiciendo de nuevo. Cuando se volvió hacia él, descubrió que lo había despertado.

–Llorar no es malo, aunque preferiría que no lo hicieras.

–Qué gracioso eres, querido –dijo irónicamente– yo también querría tantas cosas…

–Las tendrás, créeme.

–¿Sí? ¿Cuándo?

–En una semana, tras la boda.

–¿Vamos a casarnos?

–¿Acaso no lo deseas? –preguntó él sonriente.

Sarah se levantó de la cama sintiéndose temblar las rodillas. Caminó hasta la ventana y trató de respirar todo el aire que le cupo en los pulmones. ¿Casarse? ¡Era demasiado joven para casarse! ¡No quería casarse con él!

–¿Qué ocurre? –preguntó su futuro esposo acercándose también al ventanal.

Sorprendido escuchó como de los labios de Sarah brotaba una hermosa canción que degustó sonriente. La chica repetía una y otra vez el estribillo, no recordaba nada más.

–Qué bonita canción, aunque ahora podrías cantarme otra… –pidió Jareth tratando de ser delicado cuando ella repitió por décima vez el estribillo. La abrazó sintiéndola rígida, mientras repetía por undécima vez su canto–. Vaya, veo que la noticia te ha agradado…

En ese momento ella calló. Jareth se le quedó mirando sin comprender.

–El pájaro en la jaula no canta por placer, sino por rabia –dijo Sarah repitiendo nuevamente el estribillo.


Maripa


Huy que calor, reinas. Creo que me voy a acabar la fanta, a enchufarme al aire acondicionado como si no hubiera mañana y pal redil.

Jope con el veranito...

Muas! digo... Beee!

xD



Fanfic X-Men: MERCENARIOS. Capítulo 8

Bueno! Parece que se nos comen los exámenes y la faena. Pero aquí estamos de vuelta, avanzando por los corrales y fusilando todo pasto que caiga en nuestro camino.
¡Esperamos que os guste el capítulo 8 de Mercenarios, os lo hemos fabricado con mucho ammor!




8.    La prisión de piel

Un espectro moderado de luz paseó de puntillas por la habitación, anunciando el alba. El beso de la mañana cubría los párpados de Ada, animándolos a despertarse bajo el mimoso y tenue resplandor. Abrió los ojos despacio, aleteando varias veces para sacudirse el sopor. Entre una maraña de pensamientos inconexos y triviales que respondían al peso del sueño, reconoció vagamente la habitación de Víctor. Las dos ventanas flanqueando el escritorio oscuro, la textura de la madera en la pared y el suelo, arrancando un contraste al muro de piedra tras el cabecero de la cama.

Llegó a la espesa conclusión de que la decoración era agradable y funcional, combinando el gobierno rústico del continente con la modernidad sobria del contenido. Qué bastardas eran las mañanas, pensó. Debería estar prohibido pensar temprano.

La realidad regresaba a su cabeza en piezas. Reconoció el calor que la envolvía, yaciendo tras ella. Aunque la habitación mantenía una temperatura constante, los dedos del amanecer eran frescos, y le resultaba agradable el sólido abrazo. Inesperadamente placentero, teniendo en cuenta  que quien descansaba a su espalda era un depredador. Uno al que había cabreado mucho. 

Y le resultaba curioso, pero había más libertad en aquella prisión de piel cálida que en la jaula de oro donde Gordon la había confinado. Encontraba más perspectiva en su secuestro que en los trayectos meticulosamente vigilados, las noches inciertas en las que su hermano acudía a su cama a cubrirla de asco, los susurros en la espiral de su oído siempre amenazantes cuando la tomaba.

Sí, de algún modo ahora era libre. A la manera de Víctor.


Se maldijo por la escasa coherencia de sus pensamientos. Su mandíbula se tensó, como si pretendiera castigar entre los dientes la sórdida idea de que el asilo entre los brazos del feral no le disgustaba.
Serpenteó para escapar del nudo que le turbaba el juicio, pero sólo consiguió que Víctor la envolviera sólidamente entre sueños, estrechándola más. Gruñó suavemente algo ininteligible, cubriendo de tibio aliento la nuca de la muchacha, y su piel respondió erizándose. Parecía haberse quedado completamente dormido de nuevo, sin preocupación alguna. Se preguntó con qué soñaban los gatitos. Seguramente con cazar… 


La inmovilidad hizo que el entorno se volviera más denso, más vulnerable a estudio, creando un extraño efecto de introspección en el cual había lugar para todo recuerdo o sensación. Rememoró la noche anterior. La furia, la paciencia calculada hasta asestar su venganza, la fragilidad, la inquietud, la satisfacción de haberlo reducido… Pero se estremeció bajo el peso de lo que rechazaba recrear de nuevo. La excitación, las distancias ausentes de sigilo, el calor animal sobre ella provocando vorágines vientre abajo, la necesidad de abandonarse... Y sus garras circulando su cuerpo. Intentaba oponer resistencia ante todo ello como si no fuera prenda de su talla. Pero era real. Lo había sentido. Lo único que la había rescatado de una total rendición era la desoladora idea de que eso supondría una victoria para el feral. Y ella no habría hecho nada para evitarlo. Lo que más le confundía era que no quería resistir el asedio. Sólo responder a él. 


Percibió otro detalle perturbador. El aroma de Víctor. Sobre ella ayer. Tras ella ahora, meciéndola entre la percusión acelerada en su pecho y la humedad que de nuevo nacía al arrullo de su sexo. Nada artificioso que oscilaba entre el cuero, el almizcle blanco y la canela. Un leve atisbo de transpiración se sugería entre la composición de esencias que derivaba su piel, pero no era desagradable. Era especiado y tentador, masculino y contundente. Una fragancia indomable, como si pudiera contemplarse un bosque y adivinar cada una de sus fieras con los ojos cerrados. Se le ocurrió la peregrina idea de que acostarse con él debería de ser algo así como follarse la naturaleza. Genial. De puta madre, Ada, se recriminó. Ni siquiera puedes escaparte al baño. Estrechó las piernas, castigando la necesidad que ardía entre sus muslos. Joder, piensa en Winnie the Pooh, en la puta que parió a Hello Kitty y a toda su estirpe. Si este se despierta se va a dar cuenta y la habrás cagado infinito.




Una familiar presión se acentuaba sobre su trasero, incrementándose a medida que los minutos se superaban unos a otros. Vigorosa y firme. Trató de aligerar su respiración para no delatar emoción alguna, y con sigilosa cautela, poner alguna distancia entre el cuerpo candente de Víctor y ella. De nuevo una tracción infranqueable la atrajo de vuelta, descontando los escasos centímetros que había logrado arrancar. 

-          ¿Ya te has despertado, nena? – ronroneó el feral, desplegando una sonrisa caníbal.

Mierda.

-          Pues un poco sí, la verdad. – Masculló la joven, despejando lentamente un suspiro apurado entre los labios  – Aquí estamos. Haciendo tiempo.

Llevaba paladeando la esencia de Ada desde hacía unos minutos, sorteando los efectos cambiantes, los matices al ritmo de un ciclo desbocado de ideas privadas. Era una réplica del que percibió anoche, pero con esa transparencia matinal que impide velar su origen. Desnuda y expuesta la fragancia, no había rastro de rechazo. Tan sólo una visceral resistencia muda, deliciosa para cercenarla con una venganza. Pero la percibía manchada de un furor más frágil, como si Ada también supiera que destilaba franqueza. Sus curvas a merced de su abrazo, su esencia, el cabello oscuro ensortijándose en la almohada contra sus mejillas y la avidez de saldar cuentas pendientes, habían provocado que el feral acechara impacientemente. La excitación se había incrementado, y comenzaba a derivar una de sus zarpas bajo el suéter roto que vestía la joven, mientras se abandonaba a su aroma.  Avanzó entre su cabello hasta alcanzar la orilla de su cuello con los labios entreabiertos, cubriéndolo de vaharadas cálidas y ronroneos graves. Un escalofrío cayó columna abajo erizándole el vello.

Sonrió golosamente al encontrar en su viaje los sonrosados pezones de Ada, erguidos bajo su tacto. Jugueteó con sus garras sobre ellos, alternando caricias con suaves punzadas. La muchacha desalojó un jadeo ahogado  y volvió a tensar la mandíbula mientras ofrecía una resistencia insulsa. 

-          Creo que me debes algo – a pesar de desplegarse en un susurro, la voz del feral continuaba siendo ronca y gutural.   

-          ¿Ya jodiendo de buena mañana? – masculló la joven.

-          Todavía no. – Descargó una risa sísmica. – Pero dame tiempo. Deberías alegrarte de que me levante de buen humor.

-          Sublime tu habilidad para dar la vuelta a todo lo que digo.

-          Eso es cosa de mujeres.

-          Sabrás tú mucho de mujeres… – Reprochó ella. – O-ho. Saluda entonces a tu lado femenino.


Víctor se estrechó más contra ella, acusando una indiscutible erección, y pellizcó suavemente uno de sus pezones.

-          ¿Quieres que te enseñe el lado masculino?

Se estremeció, atrapada en estímulos. Sus mejillas se colmaron de matices cárdenos mientras construía maldiciones y respuestas inconclusas, que jamás viajaron más allá de algún palco en su mente. El deseo tejía sábanas que no era capaz de plegar porque estaba envuelta en esos lienzos. 

Mierda, mierda, mierda.

El mutante tampoco esperó respuesta. No la necesitaba. A medida que avanzaba la conquista de la tierra prometida, la esencia que destilaba Ada se traducía aún más dulce, y trepaba tibia desde el tierno asilo entre sus piernas. Una fragante súplica que nunca había sido suya hasta ahora, que latía con avidez. Sumergió su boca de nuevo en el cuello de la joven, que se revolvió en su prisión cuando sintió los colmillos herir la piel. Ella sacudió un gemido y hendió las uñas en la mano exploradora que atrapaba sus pechos bajo la prenda. Víctor gruñó satisfecho, y lamió la herida mientras describía con los labios rutas candentes oscilando hasta los hombros desnudos. Descargó otro mordisco, más suave, y terminó de seccionar el suéter que había comenzado a rasgar la noche anterior. Separó los jirones de tela y dejó expuestos los senos, circulando las garras sobre la superficie rosada, que cabalgaba arrancando respiraciones atropelladas y peregrinos jadeos.


-          Si me dejas en paz… - murmuró Ada, mordiéndose el labio inferior - … prometo no hacerte daño.


El feral estalló en una carcajada sombría que eclipsó cualquier opción de echar marcha atrás.

-          No será hoy ese día – susurró contra su oído, dibujando su sonrisa hambrienta sobre el lóbulo. 


Una rúbrica de blasfemias ahogadas se marchitó cuando Víctor deslizó lentamente una de sus garras vientre abajo, cruzando el abismo de su ombligo. Cercenó el cordón que sostenía la cintura del pantalón y se abrió paso bajo la tela, como una enredadera buscando una grieta que invadir. Se detuvo una vez alcanzado su sexo, caracoleando los extremos afilados de sus dedos sobre el vello que lo cubría. Ebrio en la nebulosa de aromas que la joven producía a cada movimiento, aspiró profundamente. Percibía ahora fervorosas danzas de viento, vainilla y fresa, como brujas invocando lujuria en torno a una hoguera de piel. Cauteloso de no dañar la carne tierna, paseó la yema de sus dedos por la cálida humedad que se alojaba entre los labios privados. Ada arqueó la espalda, y con una de sus manos trató de contener la caricia, arañando con paso trémulo los nudillos de Víctor. Una contradicción, una testaruda batalla: no continúes, pero no te detengas.



-          ¿No quieres? – ronroneó, desplegando una sonrisa triunfal.

-          No… - balbuceó Ada, salpicando de duda su única sílaba.

-          La mentira más breve que me han dicho nunca.

El feral cerró la garra en torno al mullido paraíso.  La joven se encogió al sentir la punzada afilada coronando la zona vulnerable que Creed había colonizado.

-          Esto es mío. Tú eres mía. – se detuvo un instante a paladear sus propias palabras, como si fueran un trono sobre el que poder sentarse a dominar el imperio de la carne. - ¿Estás segura de querer negarme algo que me pertenece?

El tono seductor oscilaba peligrosamente en una amenaza cavernosa.

Ada exhaló un jadeo leve. Despejó el prejuicio que le privaba el placer. La única víbora en la habitación era ella misma, su peor enemiga. No deseaba otra cosa que entregarse.  Tampoco sabría explicar por qué.

Volteó pocos grados la cabeza, situando su mejilla junto al aliento tibio del feral, sintiendo el vello de su mandíbula sobre la piel. Suavizó la presa contra la garra que Víctor todavía mantenía sobre su sexo. No necesitó ni una sola palabra para confesar su rendición.


Vaciló un instante al comprender que realmente no había rechazo. Ese aroma, ese veneno ingrávido se enroscaba en torno a él. El deseo era una especia más poderosa que el miedo y, cada vez que aspiraba, podía poseer una y otra vez esa fragancia nueva y golosa. Ebrio de frenesí, reanudó el contacto íntimo entre los muslos de Ada, que se descosía en gemidos. La joven reposó su mano sobre el cuello del feral, atrayéndolo hacia si y hendiendo de nuevo las menudas uñas en su nuca. Víctor devoraba cada centímetro de piel que alcanzaban sus labios. 

Tumbó completamente a la muchacha en la cama y se situó sobre ella a horcajadas, describiendo surcos rosados con las garras desde los hombros a los pechos desnudos. La expresión de Ada se había suavizado, y sus ojos asomaban como una brecha dorada bajo las pestañas oscuras, siguiendo los movimientos del feral.

La lengua de Víctor descendía desde el cuello hasta detenerse a saborear los pezones rosados. Mordisqueó uno de ellos, provocando que la joven se estremeciese, arqueando la espalda torpemente y emitiendo un jadeo agudo. El mutante sonrió con la reacción todavía entre los dientes. Desvistió el pantalón enorme que bailaba ahora en la cintura de la muchacha, retirándolo como una caricia en sus piernas, y lo lanzó lejos sin mucho cuidado. Recorrió el resto de su cuerpo expuesto en un mapa de bocados y arañazos, dibujando feroces líneas rojizas de la cadera a los muslos con sus garras abiertas. Calmaba cada una de las heridas con su lengua, succionando los rastros de sangre con avidez animal. Ada gemía atrapada en la vorágine de placentero dolor. La joven respondía como lo hace la hoja de una sierra, arando los inmensos hombros del mutante con las uñas desde la espalda a las clavículas, creando arcos salpicados de minúsculas perlas granadas. A los pocos segundos habían sanado.

Pero ella continuaba jaleando el itinerario del feral como si la mañana fuera decisiva entre sus piernas. Su humedad clamaba atención, y Víctor se preguntó cómo sería paladear la intimidad de una hembra, la misma sonrisa vertical que esperaba ser besada con los labios entreabiertos. Separó sus rodillas. Deslizó las zarpas entre los muslos, exponiendo su tibia privacidad a su avidez. Hundió la boca en su sexo, devorando el jugo que había desequilibrado su juicio previamente como fragancia. Se había dejado arrullar por el dulce aroma, ahora traducido al paladar como un cálido jarabe de mujer que envenena de lujuria al primer trago. Las caderas de Ada serpentearon bajo el hechizo, temblando en una jubilosa agonía. Sus pechos descendían y alzaban con velocidad atormentada, siguiendo la cadena de gozo que alteraba cada exhalación. Cada vez que la lengua de Víctor describía rutas candentes en su intimidad fluvial, bramaba gemidos exultantes y él gruñía de satisfacción. Era un bautismo pagano, un cáliz sagrado del que beber el rio de la vida. La cuna de las vanidades, de los instintos. Era natural, universal… y suyo. 

Debía marcar aquel templo de piel. Arañó la carne que preludiaba el pubis cubierto con sus labios, señalando la senda que sólo podía tomar él, como una advertencia atávica. Ada se retorció en un éxtasis etéreo. Los largos surcos dejados por sus garras en la cara interna de los muslos habían comenzado a sangrar, y el aroma de la sangre trenzado al de la ponzoña femenina hacía que Víctor bordease la locura. La estaba arrastrando a la orilla del orgasmo, podía percibir la proximidad de la cumbre…Deseaba gozarla en ese mismo instante, rugir sobre ella y hacerle gritar su nombre, penetrarla hasta… 

Una punzada de dolor le atravesó el pecho. Detuvo la jugosa libación, separándose bruscamente de la joven, todavía con el mentón húmedo, jadeante.

… destrozarla. 

Podía hacerlo. Y no le importaría dejar un despojo sollozando en la cama, cubierta de manchas cárdenas producto de su brutalidad. Nunca le había importado. No le importaba, no le importaba una jodida mierda. No alcanzaba a comprender por qué la idea le había perturbado. Ni siquiera por qué ella lo aceptaba. Nadie quiere recibir un abrazo que termina en garras y colmillos. Y nadie había permanecido a su lado después de ello…

Contempló su obra, extendida sobre las sábanas revueltas, salpicadas de sangre. Suplicante, plácida. Una vertiginosa silueta de fragantes curvas expuestas, blancas y sonrosadas, coronadas de arañazos y mordiscos. Era suya. Llevaba sus marcas. Le pertenecía. Trató de explorar su aroma, buscando el miedo que correspondía al arrebato. No había rastro de él, sólo un atisbo de tensa frustración y esa vainilla sonrosada y pecaminosa. No estaba asustada. Pero desde que la atraparon, nunca había temido por sí misma.

Eso le gustaba…

-          Busca algo que ponerte y lárgate a la ducha – gruñó, derivando la mirada hacia cualquier otra latitud.

-          Maldita sea…. ¿No vas a terminar? – siseó Ada, atónita, incorporándose y cubriendo su desnudez como si hubiera infringido alguna ley no escrita.

Estaba confusa. Él estaba confuso. Todo era jodidamente confuso. Víctor sonrió torpemente, con una mueca peligrosa desprovista de alegría, envuelta en inescrutables brumas.

-          Eres una jodida niña malcriada. Así aprenderás a no tocarme los cojones como anoche. Una pequeña venganza.

-          Eres un cabrón – masculló ella, aprisionando cada sílaba entre las mandíbulas, como mascando carne humana.

Lo era. Claro que lo era. Y esto era una puta excusa. Necesitaba despejarse y… trabajar.

-          Tengo que marcharme. Volveré mañana. –Gruñó – Ni se te ocurra terminar por ahí abajo, me daría cuenta. Eso es cosa mía.

Vistió un par de prendas oscuras, se calzó y cogió su abrigo, caminando hacia la puerta. Mantenía el ceño fruncido y la expresión sombría, como si le devorara una maraña de juicios turbios que no podía gestionar. Se detuvo poco antes de salir de la habitación, meditabundo. El aire todavía estaba candente y deliciosamente espeso, un tormento de tentadoras esencias sexuales aún tibias, ensortijándose entre si.


-          Quiero que duermas ahí. Si cuando regrese percibo que tu olor se ha marchado de mi cama, juro que te mataré.


----------------------------------------------------

Wiii! Cuidado porque el próximo capítulo está en fabricación y lleva glicerina... vamos a intentar que sea la bomba! Esto es sólo preludio jijiji.

Créditos: Imágenes de http://www.lowriderarte.com y X-Men: Origins (la película)

Anécdotas y curiosidades: Somos apasionadas de los fanfics, y en uno de los pocos que circulan por ahí en inglés (además de los mejores) de Víctor Creed, una de las frases que más nos cautivó fue una parecida a la que cierra el capítulo de hoy. Nos pareció un detalle hermoso y divertido conectar a través de alguna idea suelta todo el universo Creed que cada fan ha creado, aunque sea con semillitas mínimas como esta. Crea una sensación de coherencia entre fanfics, teniendo en cuenta que Víctor va a comportarse de manera parecida, tiene los mismos sentidos, etc. De este modo, todas hablamos del mismo aproximadamente, una mezcla entre el Creed de la película y una pequeña dosis  muy libre del que figura en los cómics.

Por cierto ¿Sabíais que de pequeño a Creed le llamaban con el sobrenombre de Perro (Dog)?

Fanfic Dentro del Laberinto. Capítulo 8.


8. BAZOFIA

El frío amenazaba con volverle los tobillos de un tono azul poco saludable, entre tanto recordaba sus cómodas botas todoterreno, que estarían entonces sirviéndole de casco a algún goblin.

Había llegado más lejos de lo que jamás estuvo dentro de las paredes del castillo. La blanca y tibia alfombra se acabó en cuanto abandonó la zona próxima a su dormitorio, gracias a lo que dedujo que la cortesía de Jareth era sólo una metáfora.

Se sintió orgullosa de sí al constatar que se estaba haciendo más lista, ya que se percató de que los rectos pasillos que seguían y seguían sólo eran una ilusión, como lo fue al principio el laberinto. Pronto encontró los corredores ocultos. Imaginó a Jareth creándolos junto a tantas otras trampas que sólo él conocía, tanto dentro como fuera de la fortaleza.

Ya había descendido una altura cuando, alertada por unas vocecillas chillonas, se ocultó en la entrada a un corredor invisible.

–Pues a mí me parece recio –dijo la vocecilla ligeramente apenada.
–No le hagas caso, Nouba es muy presumida, tendrás que ponerle unos adornos al caballo para que se suba.
–¿Tu crees? –preguntó el otro apesadumbrado.
–Sí. Vamos a buscar un cordón y le hacemos un lazo.

Pasaban a su lado cuando el supuesto caballo empezó a olfatear recorriendo la pared del corredor como un loco. El jinete cayó al suelo con una exclamación. Sarah en principio quiso fundirse con las sombras, al observar un hocico peludo internándose en la abertura donde se escondía, pero acto seguido reconoció ese hocico y ese pelo tapándole los ojos al animal. Casi gritó de alegría al ver a Ambrosius. Ambrosius, por su parte, al reconocer el olor de Sarah, decidió ser sigiloso. La observó entre su flequillo lanudo y, volviendo a ponerse en la piel de un caballo, se alejó de la hendidura para regresar con los goblins.

–Creo que no quiere que le pongas un cordón –le dijo el uno al otro acercándole una mano auxiliadora.
–No se lo pondré entonces –respondió este rascándose el dolorido trasero–, le haremos algo en la crin, ¿le quedarían bien unas mechas?


Las voces se perdieron al poco, fue entones cuando Sarah salió de su escondite, pletórica. Si Ambrosius estaba allí, eso quería decir que Didymus también, y Ludo y Hoggle. Todos aguardando a ser liberados.

Siguió la dirección por donde habían desaparecido a cierta distancia. Por un momento temió haberlos perdido cuando, a lo lejos, los escuchó de nuevo. Trató de adelantar unos metros para continuar con su persecución y al poco encontró el primer giro del pasillo. Al darlo se encontró en una gran sala repleta de goblins en riguroso silencio. Pudo ver a Ambrosius abandonándola en el extremo opuesto antes de que Jareth, presidiendo la reunión en su trono, se percatara de su intromisión.

–Estás muy lejos de tu dormitorio, querida.
–Sí –respondió sintiendo que se le clavaban más de un centenar de ojos por todas partes– me he perdido.
–Te pierdes en el laberinto, te pierdes en el castillo… ¿qué voy a hacer contigo? –los goblins rieron el comentario del rey– ¡Silencio! –exclamó Jareth haciéndoles temblar a ellos y también a Sarah–. ¿Qué tal te ha ido la expedición? ¿Has reconocido a alguien?
–No –dijo Sarah apretándose las manos con fuerza.
–Ya veo… –al momento Jareth supo que mentía.

No era posible que hubiera llegado al calabozo, y tampoco que uno de los prisioneros hubiera escapado, de modo que había algún infiltrado del bando enemigo en su castillo. Sintió la furia creciendo en su interior, mientras trataba de mantenerse frío de cara a Sarah. No sería él quien se tomara la licencia de poner punto y final al juego. Ella acabaría confesando.

–Está bien, querida, ¿quieres quedarte a la reunión o prefieres continuar explorando?
–Prefiero seguir, si no te importa.
–Por supuesto que no.
–Gracias Jareth –se disponía a volver por donde había venido cuando la voz del rey hizo que se detuviera.
–Espera, mi escolta personal irá contigo, querida.
–No es necesario –respondió encaminándose a la puerta.

Los goblins más cercanos corrieron hacia ella y con las lanzas cruzadas le cortaron el paso. Sarah levantó las manos asustada.

–¡Sarah! –rugió Jareth cruzando la sala en un par de zancadas, por suerte para ella, cuando la alcanzó ya se le habían pasado las ganas de mandarla azotar– ¡Aprende a obedecerme, sé sumisa o acabarás encerrada en tu dormitorio para siempre!
–¿Y dejarás de darme comida y agua, Jareth? ¡Vaya novedad! –exclamó desafiante.
Sus ojos verdes centellearon aguardando la réplica.
Le agarró del brazo con fuerza, ella trató de zafarse pero el rey la retuvo con los dientes apretados.
–¿Quieres que se acabe ya el juego? –susurró en su oído emanando rabia.
–¿Qué juego? No sé de qué me estás…
–Tú que siempre lo sabes todo, no sabes de qué te hablo –dijo apretándole el brazo hasta escuchar un gemido de dolor–. Llevadla de vuelta a su dormitorio; las excursiones han terminado por hoy.

Sarah se agarraba el enrojecido brazo mientras lágrimas furiosas se le congregaron en los ojos sin llegar a fluir. No le daría ese placer. No volvería a verla llorar, pensó mientras precediendo las lanzas, los goblins la conducían de vuelta al dormitorio.

–No se le replica al rey.
–No debería haberlo hecho, señorita.
–No se le desafía…
–Ni se le hace enfadar.
–Porque no perdona la insurrección.
–Ni cambia nunca de opinión.
–Nadie sobrevive a sus castigos.
–Y usted, señorita, no va a ser la excepción.


Lo habían dejado atado a un poste cercano a las cocinas. Allí Ambrosius repasó mentalmente el plan: tenía que sacar a Dydimus del calabozo y reunirlo con Milady, hasta ahí estaba claro, la gran incógnita a desvelar era cómo hacerlo sin ser descubierto, y lo más importante… ¿dónde estaba la comida?

Su olfato no reconocía como tal, nada de lo que se cocinaba allí dentro. El olor ácido de lo que fuera que bullía en las cazuelas, se pegaba a la escasa ropa de los goblins, rodeándolos de una atmósfera infernal que Ambrosius prefería evitar todo el tiempo posible. Por eso mordía, insistente, la cuerda que le retenía.

Un relámpago blanco cruzó a su lado entre gruñidos, haciendo que dejara de dar dentadas por pura precaución.

–¡Vosotros dos!
–Sí, amo –respondieron sumisos los pequeños goblins temiendo la furia del rey, o que acaso, el caballo no fuera de su agrado.
–¡Llevadle un plato de esta… esta bazofia a la prisionera!
–Sí señor –dijeron ellos chocando nerviosos entre sí, deseando cargar el plato y desaparecer de su vista.
–Y si no se lo ha comido dentro de una hora… –Jareth se quedó en silencio, lívido– ¡Juro que esta noche dormirá en el suelo de las mazmorras!


–¡Qué susto! –dijo uno apoyándose en el hombro del otro– pensé que nos mataría por culpa del caballo.
–No le eches la culpa a él, además, dudo que lo haya visto.
No obstante Ambrosius sí había visto y escuchado a Jareth. De hecho iba a ofrecerse voluntario para cargar a los goblins hasta la habitación de Milady.

Maripa

____________________________________________________________________

De culo vamos Marime y yo, nuestras disculpas profundas, reinas.
Tengo que anunciaros una cosa, una cosa triste (ooooohhhhhhh). El Fanfic se acaba en el capítulo 10 (snif snif). ¡Pero que no decaiga! Que lo mismo hay una segunda entrega... Muahahahhahahah. En fin, entre que tal, espero que disfrutéis con la historia, maris.
Lametones a todas, pero sin pelos eh! Que os tengo conocías ya! Jejejej

Besis!