El cirio.


Primera entrada Marirelatera.
Ya nos contaréis, salaos.

Soplaba una suave brisa, única huella del paso del huracán a la hora del té. Pocos días antes regresaba a casa, donde nadie le esperaba, y mucho menos sobrio. Vestía botas embarradas y un gris semblante, a juego con los hilos de plata que, poco a poco, habían ido cubriéndole la melena.
No había nadie por allí, a excepción de Juliette, la única sirvienta que quedaba desde la aparición de la KKK. Se preguntó dónde estaría Imanol, su hermano. Sospechaba que llevaría fuera dos semanas, contando el domingo, seguramente Claudia ya tendría noticias suyas. Pero ella ¿dónde estaba? Llamó a Julliete que, con andar tosco, se aproximó frunciendo el ceño. Jamás volvió a sacarle una sonrisa, desde el día en que le descubrió beneficiándose a su primogénita. Una versión joven y mejorada, más bien ligera de cascos, de la criada. Le preguntó por el paradero de Claudia, y ella contestó, con su pegajoso acento sureño, que hacía horas la había visto subiendo al piso de arriba. Acto seguido se alejó. Seguramente no podía dejar de recordar el contraste del culo brillante de su hija con el suyo, blanquecino y sin lustre. Lamentó no poder confesarle a Juliette, que jamás volvería a acostarse con ella. Un culo nunca volvía a ser el mismo tras abrirse por primera vez.
Se desabrochó las botas empujándolas al fuego. Tenía restos de barro maloliente en la media, pero el calzón estaba impoluto, pese a la cabalgada. Como siempre, era él quien se ensuciaba los zapatos, mientras Imanol todo diplomacia, no tenía el valor suficiente para disparar al pecho del hombre que les causaba problemas. Prefería hacer largos viajes a Nueva Orleans, de los que volvía con una mano delante y otra vacía, mientras él, con el revólver caliente, celebraba la resolución de la disputa en las tabernas.
¿Dónde diantres estaría su cuñada? Se preguntaba mientras subía las escaleras, recorriendo el pasillo de lado a lado. Abrió la puerta de la biblioteca, y echó una ojeada. Nunca le gustó esa habitación, ni ella ni la neblina polvorienta, que se levantaba al cerrar las tapas de algunos libros. Tenerla en la casa, era un desperdicio imperdonable de espacio. Estaba llena de estanterías, que formaban un laberinto casi tan complejo, como los enigmas que guardaban las páginas. En cuanto se hiciera público el testamento y fuera dueño de la casa, mandaría que los quemaran todos. No le gustaban los libros. Ni ellos ni los idiotas que, obstinados, entregaban largas horas al “estudio y lectura” de sus datos. Sólo les gustaban a los débiles blanquecinos, y a las mujeres ociosas, como su madre, y Claudia.
Adentrándose en el laberinto, encontró un libro que ni él podría levantar con una sola mano. La curiosidad le impulsó a ojearlo, le sonaba haber escuchado el título en la iglesia. Cuando, asqueado, se acercó al estante para devolverlo a su lugar, por el hueco que quedó entre los libros vio a su cuñada.
Estaba resguardada entre baldas, en un espacio obtenido tras mucha meditación. Tres paredes literarias, y la cuarta del escondite, era la ventana, con las cortinas corridas, lejos de la mirada de cualquiera. Un pequeño hueco de poco más de un palmo era la entrada al habitáculo. Por allí, sin duda se deslizaba Claudia que, en aquel instante, sentada en una butaca, dormitaba serena.
Nunca se había parado a observarla con detenimiento, pues era tan parecida a su difunta madre, que se estremecía, cuando su mirada se encontraba con la de ella. Mientras dormía, sin embargo, parecía otra, con su cuello blanquecino colgando a un lado, dejando a la vista los pechos sometidos a la presión del corsé, brillantes, perfumados, casi podía saborear su esencia impulsada por su respiración.
Devolvió el libro al estante y salió de la biblioteca.
Nunca había pensado en ella como mujer. La sabía repelente y mojigata, al gusto de su hermano, con labios finos y ojos oscuros, piel clara y cabello pajizo. Nada más, así era Claudia. Ni siquiera se los había imaginado en la cama. No obstante, a partir del descubrimiento, no dejaba de pensar los pechos de Claudia, presos por una mano grande, poderosa, donde los pezones se erigieran férreos, tratando de alcanzar la libertad.
Esa noche, cuando se derramó sobre su velludo vientre, pensó en ella, un par de habitaciones más allá, y en sus melocotones calientes.

Una hora después del té, todavía no había noticias de Imanol. Aburrido, en un intento nulo, trató de entablar conversación con Juliette. Pero ante la negativa de ella, decidió que sería una buena idea repetir la operación del día anterior. Se desprendió de las botas y subió las escaleras procurando ser lo más sigiloso posible.
La biblioteca parecía desierta, pero él sabía dónde se escondía el ratón. Caminó entre las estanterías hasta encontrar el lomo del grueso libro. En esta ocasión, decidió no moverlo, sacando de la misma balda, uno próximo de menor grosor.
Allí estaba Claudia envuelta en la oscuridad, sólo rota por la luz de un cirio, que se alzaba desde la pequeña mesa auxiliar. Junto a él, otro de mayor tamaño, este intacto.
Leía con avidez removiéndose en la butaca. Desde su escondite la escuchaba respirar. Claudia se persignó sin soltar el libro, y comenzó a levantarse el vestido. Separó las piernas tanto como el butacón le permitía, dejando su sexo al aire, suavemente cubierto de vello oscuro. Alcanzó el cirio intacto y lo llevó hasta sus piernas. El contacto con la mecha le hizo removerse. Un par de veces, con infinita calma, recorrió despacio su sexo, después lo hizo con más ímpetu, hasta que, dejando el libro de lado por unos instantes, introdujo el cirio en su cuerpo mientras acallaba un gemido profundo, que peleaba por salirse de los labios que mordía lujuriosa.
Lo movió cuidadosamente al principio, pero según sus ojos surcaban las páginas amarillentas, el ritmo iba in crescendo, cada vez con más fuerza, cada vez más adentro, dejando fuera un pequeño pedazo, por donde asía la vela, humedeciéndola en ocasiones con los labios, para que entrara de nuevo.
Al otro lado, una mano se deslizaba irremediablemente hacia la entrepierna erguida, cargada de sangre y húmeda, que empujaba con ritmo, los libros de un estante bajo. Claudia siguió abierta de piernas, se hincaba el cirio en la carne, sin pausa, perdida en el disfrute que encontraba en lo más íntimo de la biblioteca, hasta que, de un estante bajo, cayó al suelo un libro, haciendo que su cuñada abandonara la vela entre sus piernas, y se cubriera rápidamente con el vestido.
Con las mejillas encendidas escuchó el sonido de pasos que abandonaban la estancia. No alcanzó a ver más que la madera de la puerta cerrándose.
Tras el inverosímil descubrimiento, consiguió llegar al dormitorio sin que nadie le viera, aguardó allí, espalda contra la puerta, sintiendo todavía el escozor de la erección pronunciada. Escuchó el gemido de las bisagras al abrirse y, guardándose rápidamente el mástil húmedo, salió al pasillo presuroso, para encontrar a Claudia. Ella, todavía sonrojada, sostenía en una mano sus zapatos de satén, y en la otra la mitad de un grueso cirio.
- ¿Interesantes lecturas, querida?
- Leer siempre es interesante, querido. – Dijo ella con semblante serio, cojeando escaleras abajo.


Moraleja: Sí, Claudia, leer siempre es interesante, pero ahora, bonita, sácate el cirio del potorro con un calzador, no vaya a ser que con el frote, se te encienda la mecha.

Dedicado a los pastores que nos siguen desde aquí, y también en Twitter. Gracias majetes!
Espero que esta entrada, os inspire a la hora de leer (nadie se me incruste objetos cerosos por el cuerpo!! Que os tengo conocíos xD). Pero volviendo al tema, no todo son ensayos, no todo son novelas infumables, ni relatos Kafkianos, no todo es Cervantes, ni los superventas, afortunadamente. La literatura es rica. La literatura mola... Pero no contar ovejas mola más.
De los relatos seleccionados pal blog, éste, algo más relacionado con lecturas, me ha parecido el bocado ideal para empezar a comerse la tarta.
Espero que os gusten los siguientes, zagales.

Maripa



9 Carminazos:

Medusa Dollmaker (A.M.R) dijo...

La puta caña y me parto con la moraleja!! xDD Chicas, seguid así, queremos seguir leyéndoos.

Alicia dijo...

Me habéis enganchado ( uy, creo que en este blog voy a tener que tener cuidado con las expresiones que use... xDDDD).
Muy bueno, y me ha encantado el golpe de efecto de la moraleja.
Sobresaliente.

Marime dijo...

Waaahahahah! Pues eres bienvenida, no te preocupes con las expresiones, que mientras vengas con buen humor bajo el brazo aquí tienes casa. Gracias por tu marivisita Aliciaaaaaa /dance

Pandora_cc dijo...

Como mola jajajja
Me encanta la moraleja. El texto está genial, pero queremos más!! xD

Besitos chicas!

Maripa dijo...

Hola Pandora.
Dádnos tiempo, que tenemos que pastar xD Nos mola que hayas pasado un buen rato, maja. Gracias por la visitilla!

Nicasia dijo...

Me llego a reír más con la moraleja y me caigo de la silla, creo que voy a aficionarme a este blog

Marime dijo...

Hola Nicasia, eres very Welcome!
Aficiónate, mujer, que esto es sano. Un placer tenerte aquí marivigiliando!

Andreu dijo...

Por referencias he visitado este blog altar de culto a la genialidad femenina, me alegra saber que tambien el " sexo debil " XD tiene el desparpajo de escribir historias sin moñerias beatas ni inquisidoras. Francamente me sorprende la lectura sin estupideces censuristas inquisitoriales, enhorabuena, felicidades por las feminas con libertad de expresion para crear sonrisas de sorpresa. A pesar de ser un lobo entre obejas, agacho la cabeza rendido ante el excelso arte de la imaginacion mas soñadora, con vuestro permiso seguire este blog como culto a la libertad de pensamiento.

Marime dijo...

Hla Andreu! Y muy bienvenido al rebaño.
Es un tópico que las mujeres no sientan ni padezcan sensualmente de cara a historias y demás. Posiblemente no nos interese al mismo ritmo que a un hombre, pero nos interesa. Y de aquí surge Marivigilias. Habrán historias con algún acecho más edulcorado, otras más salvajes... Pero ninguna situación sexual estará disfrazada, sencillamente será recreada literariamente y enfatizada con todo nuestro cariño y ansia.
Porque todos soñamos!
Muas