Fanfic X-Men: MERCENARIOS. Capítulo 7

Long time away, sweeties!
Sentimos mucho no poder actualizar tan a menudo como nos gustaría, pero vamos a saco paco y no podemos más con nuestra vida! Muchas gracias por vuestra paciencia y vuestro esmero en leer nuestras humildes cosillas. Las hacemos con mucho amor y con eso otro que se puede trabajar en muchas posturas xDDD

Os dejamos con el siguiente de Mercenarios. Este es el más largo pero... ejem... hay que recrearse en ciartas cosillas xDD Imaginaos cómo vendrán el resto de capítulos! xDD
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7.    Para que no escapes…

 
-          Te va a encantar Canadá, chaval.

La voz de Víctor navegaba a través de una sonrisa helada.

Introdujo  al muchacho en el Mustang que, bajo la cálida atención de Paws y Sunday, les llevaría al aeropuerto con destino a esa tierra que conocía demasiado bien. Escogió un vehículo diferente por mera discreción, entre la variedad que reposaba en su inmenso garaje. El escueto equipaje del niño: dinero como para dejar lívido a un capullo de Wall Street, algo de ropa nueva que Sunday había comprado con devoción, y un teléfono móvil. Todo patrocinado por el bolsillo de Víctor.

El teléfono sólo contaba con un número en la memoria. Le había ordenado mantenerlo siempre cargado. Y, descansando la presión de su garra sobre uno de sus diminutos hombros, le había prohibido usar terminantemente. Sólo hasta que llame yo, le dijo, a medio camino entre gruñido y seísmo. Se lo juro, replicó el niño en un hilo de voz frágil. Buen cachorro.

Había costado dividir a Ada de su retoño, bajo la incógnita del destino que le esperaba. Víctor tampoco se había molestado en decírselo. Había cierta deliciosa perversión en esa incertidumbre que lo divertía. El único acto de piedad había sido proporcionarle otro móvil idéntico al que portaba el niño, con un único número también en la agenda. Él juzgaría cuándo podrían contactar.

A Víctor no le importaba ni medio gramo de mierda lo que sucediera con el crío. No era un arrebato de generosidad. Si había decidido mandarlo a tomar por culo, era por una cuestión práctica. Había compartido con Leon la historia de Ada, y ambos eran partidarios de que era favorecedor no facilitarle a Gordon el acceso al niño. 

La endogamia era una suculenta amenaza para la carrera del presidente que Víctor y Leon pensaban aprovechar. Si surgiera cualquier contratiempo, una prueba de ADN bastaría para desacreditarlo. Y si alguien localizaba el refugio, no habría ni maldito rastro del crío.

La historia que la joven había referido era dramática. Gordon amaba de un modo enfermizo a Ada, hasta someterla a su extraña filia durante toda su vida. Una vulnerable gratitud fraternal la reducía a eco ante las vejaciones. Era arcilla en sus manos. A los veinte años, quedó embarazada de su hermano, y esa inseguridad se incrementó al nacer Abel. Optó por explotar ese comodín. El niño viviría. Pero si ella oponía resistencia, no vacilaría. Parecerá un accidente, le dijo.

Su lanza de Longinos atravesando el alma, fue el momento en que la arrastró a yacer bajo una cirugía que extinguió toda posibilidad de germinar vida. Esterilizada, podría gozar de Ada sin temor alguno.
No se lo perdonaría jamás. Nunca.


El Mustang desdibujó su perfil en el horizonte a medida que se alejaba de la casa. Todo quedaba atado, todo dicho.

Víctor no estaba sorprendido. Cargaba a sus espaldas una abominable trayectoria que no alojaba remordimiento como para juzgar a nadie. Por lo que a él respectaba, le podían dar por culo a toda tragedia ajena. Pero las conocía bien. Había presenciado cientos de veces cómo era oprimido el semejante hasta vomitar vida. Siempre le había producido una flemática indiferencia que los humanos se aniquilaran unos a otros. No era su guerra, aunque había participado en muchas de ellas, ávido de sangre. Todas regresaban de noche para aprisionarlo bajo el velo del sueño. Una sentencia justa. La compasión era algo que le sucedía a otros y él no acostumbraba a ofrecer consuelo.

No sabría cómo. Eso era cosa de Jimmy.

Aún así, no podía evitar caer en una espiral de satisfacción, al sopesar lo placentero que sería eviscerar a un hijo de puta del calibre que resultaba Gordon.


La casa estaba en completo silencio. Una lúgubre y seductora ausencia de sonido. La puerta que confinaba a Ada se había mantenido cerrada, y al otro lado quedaba su silueta agreste, su aroma especiado, salvaje, provocador. Esa fragancia furiosamente femenina que era el hechizo de la carne. Desamparada…Desafiante…

Sonrió con esa mueca suya que sugiere pesadillas de azufre y ningún candor. Sólo victorias mudas. El diablo saludaba desde el perfil de sus labios, susurrando lascivas promesas.

Antes de llegar a meditarlo ya tenía puesto un pie en la habitación, con la muchacha escrutándolo a través de la realidad húmeda del llanto. Permanecía sentada en el suelo, madre herida, mujer rota, bajo el peso de la incertidumbre. Él se detuvo un instante en el marco de la puerta, mimándose el olfato con la emanación de la joven. Desalojado el crío, del cual todavía podía percibir un diminuto hilo de aroma peregrino, la esencia de Ada era intensa hasta la extenuación. Envolvía como envuelve la lluvia, seducía como seduce la curva más peligrosa en las caderas de una hembra. Era una vorágine de vainilla, furia, sándalo, temor, guindilla y sal. Debía estar hecha de pimienta y fresa, se dijo, perdido en el viaje de sentidos que lo cortejaban.

Y era suya.

-          ¿Todavía llorando, pequeña? – dijo, ofreciendo un mohín ficticio.

No contestó, sólo descargó una mirada silicia e ingobernable de un dorado feroz.

-          Elvis ha salido del edificio, muñeca. Y está rumbo a Graceland –  comentó Víctor expectante, analizando el cambio en fragancia y gesto.

Una oleada vigorosa de furia la arrastró hasta su altura, feral contra feral. Sus pupilas, afiladas como los clavos de Cristo nadando en oro. Los puños, apretados hasta mudar el color de sus nudillos de rojo a blanco.

-          ¿Dónde has mandado a mi hijo? – preguntó, con la voz trémula de ira, suprimiendo cualquier exceso que pudiera afectar al niño.

Fogosa cautela, se dijo Víctor.

-          A algún lugar… – añadió, en siniestra aflicción, ausente de risa – o ¿preferirías que lo hubiéramos enviado a varios lugares a la vez?

-          Eres un cabrón. Maldita sea tu estirpe. – Siseó Ada, mascando cada palabra como si fuera veneno - ¿Por qué no puedo saberlo? ¿Te diviertes torturándome, hijo de put…

Antes de que pudiera terminar de blasfemar, Víctor había envuelto su garganta con una garra y la cerraba peligrosamente, clavando los cinco filos sobre la carne tibia. Despacio, sintiendo el ritmo frenético de sus latidos en la palma de la mano. Ada se debatía devorando la prisión bajo el mordisco de sus uñas, tratando de forzar su libertad. Aspiraba con avidez. Poco a poco el color iba subiendo a sus mejillas dolorosamente.

-          Ten cuidado con lo que dices – gruñó, rotundo y cavernoso pese a medirse en susurros – Y sí, disfruto inmensamente. Porque puedo.

La arrojó a un rincón del cuarto, arrancando desesperados sorbos de aire,  tosiendo. No emitió ni una sola palabra. Recuperar oxígeno era prioridad antes que provocar otro apocalipsis.

Víctor se dirigió hacia el armario, dragando el contenido.

-          Mientras menos sepas, menos podrás contar. El crío estará como un puto marajá.

Dejó caer varias prendas sobre la cama. Ada conservaba su semblante cárdeno, su mirada árida. Destilaba ahora un ligero matiz de curiosidad, trenzado a la furia picante y sonrosada dulzura en su aroma. Se dibujaba en sus párpados un conclusivo alivio.





















-          Y ahora dúchate. A menos que quieras que te duche yo, pequeña – ronroneó, extendiendo una sonrisa juguetona.


Demasiado grande. Los pantalones y el suéter que Víctor le había ofrecido para ocupar tras la bendita ducha podían alojar ecos. Eso sin contar que no disponía de ropa interior limpia para completar el disfraz de villano. Había lavado la suya en la pila del baño, extendiéndola por la habitación.

Con una mano sosteniendo el pantalón, derivó la otra entre la metralla textil del armario, a la caza de algo con que fijar a su cintura la prenda. Los cinturones también resultaban kilométricos, así que resolvió desarmar una de las botas militares que encontró y aprovechar el cordón para equilibrar la talla. Que se joda, pensó, ebria en pequeñas venganzas cotidianas.

Despejada, calma. El agua es como el beso de la madre tierra, que nutre y repara. Continuaba sintiendo opresión en el pecho cuando dudaba acerca de la seguridad de su pequeño, pero el último encuentro con Víctor había quebrado parte de su inquietud. Mientras menos sepas, menos podrás contar. El crío estará como un puto marajá, había dicho. Lo poco que había aprendido sobre el carácter incendiario del feral, era que no concedía misericordias, y mucho menos mentiras piadosas. Una minúscula fracción de si misma agradecía esa franqueza violenta. Todo lo demás podría manejarlo.


Víctor era predeciblemente impredecible.

Entró en la habitación despacio, envuelto en una aura sombría. Le precedía una escueta sonrisa, aunque calificarla como tal era aventurar mucho.

Sí, el feral era aleatoriamente obvio. Y estaba hambriento.

-          ¿Te apetece cenar algo? – ronroneó con una ambigua sonoridad, aproximándose hasta la posición de Ada.

El aroma de la joven desnudaba un matiz agitado, salpicado de jabón y picante algodón de azúcar. Observó una leve oscilación en su cabeza, con la mandíbula y los hombros en tensión. Como una cobra preparando una sentencia.

-          ¿Me vas a llevar a un restaurante de lujo, capullo?

La burla era de una afilada cautela. El timbre de su voz caminaba de puntillas tanteando un abismo.
El mutante desplegó una risa lúgubre, flanqueada por colmillos.

-          No, pero puedes mover tu culo hasta la cocina y prepararnos algo interesante.

-          Unas narices voy a cocinar para ti – bramó la joven, mascando bajo la presión de sus mandíbulas cada palabra.

Víctor congeló la sonrisa, aproximándose lenta y peligrosamente. Podía trazar un mapa de esencias fluyendo de la muchacha en vertiginosas y suculentas ondas.

-          ¿Estás segura? – ronroneó, ausente de simpatía alguna. La amenaza estaba dispuesta como un banquete.

Enredó su garra en la nuca de la joven con alevosía, entre la melena húmeda aún, trenzándola entre los dedos. Dejó patente su intención aumentando la presión febril de los extremos afilados, al tiempo que la acercaba a su altura. Sonrió ante el breve forcejeo. La muchacha enmudeció asumiendo una cruda resignación. Víctor conocía dónde estaba el niño; ella no.

-          Lárgate a preparar algo – gruñó el mutante - ¡y que sea carne!


Una de las virtudes más mermadas en Ada era la cocina. Agradeció que el feral estuviera duchándose, mientras ella preparaba lo que de algún modo se podría calificar como cena en un mundo paralelo. Lo que menos le apetecía en esos momentos era tener a un gilipollas cerca, recordándole el aura de torpeza sobrenatural que la envolvía. Puta mierda cocinar, puta mierda los mutantes, puta mierda la puta pimienta del puto apocalipsis, pensaba fogosamente. Puta incongruencia de vida…

-          ¿Problemas, nena?

Ada volcó todos los frascos de especias con las que estaba experimentando, ahora en mil pedazos incompatibles con la vida, sobre el suelo. 

-          Puto susto, joder. – La joven se llevó una mano al pecho, próxima al infarto – Podías colgarte un cascabel.

-          Miau.

Rió gravemente, trayendo consigo una escoba y un recogedor para restaurar la zona cero. Se movía descalzo, vistiendo unos pantalones de lino negro que sugerían hondonadas de comodidad dominguera. Y llevaba el torso al descubierto. Un inmenso, hercúleo y velludo torso de peluche, flanqueado por unos brazos que parecían haber interpretado a un orco en El Señor de los Anillos cada uno. La idea peregrina de que estaba feralmente tremendo aleteó en la mente de la muchacha, que dispersó la mirada sobre la catástrofe, acusando rubor.

-          Termina lo que demonios estés preparando, lleva un rato carbonizado. Ya recojo yo esto.

-          Sabes limpiar y todo – agregó Ada entre dientes, mientras salvaba en platos el contenido oscuro y remotamente apetecible de la sartén.

-          Normalmente no vivo con esta panda de lunáticos. Y esto no tiene mucho misterio.

Ada distribuyó las viandas sobre el office, manteniendo escoba y media de distancia entre ambos. Literalmente. Víctor devoró con avidez su tremenda ración en un principio… para proceder a masticar meditadamente las piezas, con una mueca afectada en su rostro. Contemplaba a la muchacha sin mediar una sola palabra, y apuró el plato sosegado, como calculando una estrategia para digerir. Ella mantenía el mismo gesto, solo que colmado de rubor al saborear la magna obra. Decidió que no tenía tanta hambre.

-          ¿Qué? Esto es tanto culpa mía como tuya, capullo. Tú me has obligado a cocinar.

El mutante cruzó las garras sobre la mesa, todavía estupefacto.

-          En mi puta vida había comido algo tan jodidamente abominable. – dijo el feral con una ronca parsimonia. Tal vez fuera un error pensar que toda mujer nacía con una sartén bajo el brazo.



-          Pues te lo has comido. Es una técnica secreta. Matar de dentro a  fuera. El caballo de Troya de las venganzas culinarias.

Víctor tronó en una risa cretácica, como si se hubiera tragado un velociraptor. De Ada emanaba un punzante aroma a orgullo herido y una furia creciente. Era algo insoportable, pero el juguete más divertido de los que había tenido.


Ella retiró los platos ceremoniosamente. 

-          Dame un microondas y dominaré el mundo de cerca – siseó ella, sorteando la ira entre jabón y vajilla.

-          Lo que me extraña es que tú y el crío hayáis sobrevivido hasta hoy…

-          Gordon nunca me ha dejado cocinar… - comentó, sombría.

-          No le culpo.

Navegó en una amarga maraña de recuerdos, gestionando la fregada como si todo sucediera a muchos kilómetros luz de este planeta. Maldito hijo de perra. No había asumido completamente cuánto la había anulado su hermano hasta ahora. La herida no se basaba en la obsoleta idea de cumplir funciones femeninas, sino en algo tan simple y vital como desenvolverse sola. Y en funcionar como una madre capaz para Abel…


La luz menguó sobre la pila en un extraño eclipse doméstico. Una calidez animal amaneció tras la joven, reposando unas manos enormes sobre el borde metálico del fregadero. Ada se sobresaltó. La realidad tenía garras, y la rodeaba contra el mueble de cocina. Podía sentir el aliento tibio del feral erizándole el vello de la nuca, inclinado sobre ella como un depredador disfrutando su presa. Aspirando suavemente la oleada rotunda de aromas, ensortijándose unos a otros con virulencia, al constatar la presencia de Víctor en torno a ella. Primero una pizca de sorpresa, que dio lugar a una inquietud violenta. Luego una furia expectante, trenzada entre coqueta vainilla y guindilla agreste. Todo por él. Para él. Sucediendo entre sus brazos.


Víctor sonrió contra la delicada piel de su cuello, provocando un escalofrío precipitándose columna abajo en la espalda de la muchacha, y un incremento considerable de latidos. Su cuerpo se debatía en reacciones contradictorias. Sus pezones se habían cristalizado bajo el suéter, delatándose firmes. Trató de liberar la prisión, serpenteando contra el pecho del mutante. En vano. Demasiado cerca, demasiado experto. 

-          Podrás campar libremente por la casa… - susurró él contra el cáliz de su oído, dejando circular sus labios sobre la espiral tierna.

-          Y por supuesto, no quieres nada a cambio – masculló, forcejeando de nuevo.

-          Nada que no tenga ya... – Su garra derivó bajo el inmenso suéter que la cubría, trepando su vientre hasta alcanzar el canal que se alojaba entre sus pechos. Detuvo el viaje, punzando suavemente el cálido asilo - ¿Has olvidado cuál es tu lugar aquí?

Ada dejó escapar un gemido bajo, inaudible. Víctor lo recibió con una sonrisa ávida, y paladeó la piel erizada bajo la yema de los dedos. Cálida, sedosa, destilando ese aroma tentador… ahora, especiado levemente con una creciente excitación. Se detuvo un momento, estupefacto, asimilando el nuevo matiz.

-          No pasa un puto día sin que dejes de recordármelo – siseó la muchacha, abandonando la batalla hasta encontrar algún fallo en el sistema.


Sus mejillas presentaban un tono cárdeno, llameante. Sus pupilas se habían retraído hasta la verticalidad absoluta, y en su pecho debatía honor y entrega. Al final de su vientre amanecía una humedad tibia que no pasó desapercibida al olfato de Víctor. El feral desplazó un escaso tramo más las caderas contra ella. Presionó la vigorosa firmeza que se erguía entre sus ingles sobre el trasero de Ada, respirando pesadamente. Estrechando el abrazo que la retenía.

-          Déjame en paz… hijo de puta… - escupió ella, con una saeta de voz trémula, asomando dos colmillos templados en desespero.

Podría tomarla allí mismo, sin nada que perder salvo el juicio. Tampoco echaba mano de él en esas situaciones. En eso el animal y el ser humano coincidían. 

Rasgó el cuello del suéter con una de sus garras, dejando los hombros desnudos, expuestos a su hambre, y recorrió un tramo del cuello con los labios hasta cubrir una fracción con ellos. Ada volvió a oponer resistencia con torpe virulencia. Víctor sentenció un pequeño castigo, hundiendo los colmillos sobre la piel hasta provocar sangre. La muchacha descargó una lágrima. Un gemido ascendió desde su garganta, arrancado al dolor… y a una singular sensación de placer.  Rebatió la maraña de emociones aullando una decena de improperios. El mutante lamió la herida cuidadosamente, extasiado del glorioso sabor invadiendo su lengua.


-          ¿Crees que no puedo olerte? – ronroneó Víctor, desplegando una sonrisa ebria de deseo.


Volteó a la joven, dejando entre ellos la misma ausencia de distancias, y volvió a inclinarse sobre ella, aliento contra aliento. Aprisionó sus breves muñecas en las manos, cercenando cualquier defensa.

-          Sólo tendrás que dormir conmigo – su voz era un gruñido peligroso, goloso ante la pieza a devorar – y dejaré que circules por aquí.

-          Eres un cabrón… - bramó Ada, agregando una soberana tensión a sus mandíbulas.
Víctor estalló en una carcajada gutural, oscura. Recortó espacio, tanteando el sendero estrecho que conducía hacia la boca de la joven.

-          ¿Por qué? – preguntó Ada, respirando atropelladamente en tan poco margen.

-          Para que no escapes… - ronroneó el feral, rozando apenas sus labios al vocalizar la respuesta.



Ada trató de poner distancia entre ellos. Víctor atajó la infructuosa huída reteniendo su nuca en una de sus manos, ciñendo sus caderas al vientre de la joven, acusando una erección grave e indiscreta. A cada movimiento, se estrechaba más contra ella, cerrando las garras sobre el cuero cabelludo. Aproximó su rostro al de ella, jugueteando con sus labios sin culminar un beso. Desnudó los colmillos y atrapó su labio inferior, aumentando la presión del mordisco despacio, saboreando la sangre que comenzaba a brotar sobre su lengua.

De nuevo Ada desplegó un gemido, rendida en una nebulosa de sensaciones que se traducían en el aroma que desprendía. Su brazo libre trepó lentamente el pecho del feral, dejándose mimar por el vello que lo cubría. Rodeó su cuello y derivó sus dedos en su nuca, clavando cada uña con la misma ausencia de cuidado que empleaba él.

Víctor gruñó complacido e inclinó más su estatura, esta vez para devorar su boca en el clímax de un beso profundo, impaciente. Y, antes de poder cubrirla, Ada retuvo entre sus dientes su labio inferior, asestando una brutal dentellada, vertiginosa como una cobra. El mutante se estremeció en dolor y separó su abrazo, asiendo la muñeca de la joven en una tremenda presión, hendiendo las garras.

-          ¡Jodida zorra! – rugió, con el mentón ensangrentado. 

-          NO sin mi permiso – siseó ella contundente, mostrando una sonrisa teñida de rojo y tirando violentamente del brazo que todavía quedaba aprisionado.

Una niebla dulzona comenzó a mermar los sentidos de Víctor, que gestionaba su enorme cuerpo con torpeza. El veneno se desplazaba agudo en sus venas, invadiendo de nuevo las mismas sendas que ya conoció el día que Ada descargó la primera dosis. No perdería demasiada fuerza, pero lo volvía lento, turbio.

La muchacha resolvió liberarse propinando un feroz puñetazo al rostro del feral, bajo el cual pudo escucharse el dramático crujido de la nariz al romperse. Aulló de dolor y la joven aprovechó la sorpresa para escapar hacia el cuarto. Era inútil buscar la entrada. Estaría convenientemente bloqueada.

Cerró la puerta tras de si, con Víctor ya cargando sobre ella a pasos torpes. Abrió enfurecido, pese a la resistencia al otro lado, y cerró su garra en torno a su cuello frágil. Ella descargó una carcajada ahogada, arañando el inmenso brazo que la mantenía suspendida en el aire.







-          Ya no tienes…ganas de jugar… ¿eh? – clamó, enredando cada sílaba en una complicada respiración.


Víctor gruñó colérico, todavía aturdido. El labio y la nariz comenzaban a sanar, pero aún dolía. El deseo lo había cegado. La espiral de aromas lo mantenía tan abrumado, que no había recordado el inconveniente de cortejar a una serpiente. Lanzó a la joven brutalmente sobre la cama y cayó sobre ella como un león acechando un venado herido.


-          Dormirás conmigo, puta – bramó, pronunciando lenta y cavernosamente.

-          Jajajaja. Dormir es lo único que podrías hacer ahora, tigre – añadió.

Así era. Sentía cada orilla en su cuerpo totalmente agotada. Su mente derivaba en mareas turbias. La erección se había esfumado por completo.

Arrastró a la mutante hasta la almohada. Se echó tras ella con poca delicadeza y la aprisionó entre los brazos, segando toda posibilidad de escapatoria. Hervía en ira. ¿Cómo había podido ser tan gilipollas? Había bajado la guardia. Ella había ofrecido resistencia, pero su esencia la delataba. Creía que había comprendido que le pertenecía. ¡Se había rendido! ¿Qué cojones? ¿Además, desde cuándo le importaba una mierda si una hembra se ofrecía o no? Siempre había tomado lo que era suyo…

Tendrá que aprender esa lección. A las buenas… o a las malas. 



Pese al forcejeo de Ada y al ciclo de sombríos pensamientos, ambos cayeron dormidos profundamente en poco tiempo. Víctor envolviendo a su presa en un pesado y férreo abrazo, mecido en el aroma arrullador. Ada refugiándose entre sueños contra el pecho del feral.

6 Carminazos:

Medusa Dollmaker (A.M.R) dijo...

*faint*
WWWWWWWWWWWWWWWWAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAJAJJAJAJJAJAJA qué grande. Hombre, no te jode, iba a ser todo tan fácil xDD
*o* He podido imaginarlo todo con lujo de detalles xD
Gracias nenas por esto, os adoro!

Pandora_cc dijo...

Veeeeeeeeeeeeenga!!!! Como si no costara xD xD xD
Me encanta ovejas!!

Alicia dijo...

Pobre Víctor... qué corte de rollo... muajajajaja

Marime dijo...

xDDDD DJajajajajaja que aprenda, que aprenda! xD

Anónimo dijo...

Me ha encantado!!!! Adoro a Creed, tan salvaje y brutal, no puede ser de otro modo. Estoy enganchadísima, quiero MÁS. Hay tan pocos fanfics de Victor... Os seguiré con interés, mi enhorabuena por vuestra historia. Besos!

Marime dijo...

Muchas gracias!! ya queda menos para el siguiente capítulo, a nosotras también nos encanta Víctor! Y tienes mucha razón, en español hay pocos fanfisc de Víctor Creed <3